miércoles, 3 de marzo de 2010

SE PERDIO UN ANGELITO EN LA NIEBLA DE MI PUEBLO

Por: José Lubin Pulido Chaparro


Fue a mediados del año de 1954. De regreso de llevar las bestias al potrero de El Llano, escuche con asombro a tres lugareños provenientes de un campo cercano, preguntando por un angelito desaparecido de la Iglesia que horas antes habían dejado sobre la mesa de los muertos en la mitad del templo. Fue una tarde nublada, de esos días que parecen que no terminan, solariega de aquel San José de antaño, de escasos habitantes, donde las cabalgaduras rasgan el silencio de ese día misterioso; cuando divise a tres hombres jóvenes que sobre sus hombros en un parapeto de madera, conducían a la iglesia el féretro de un angelito, que así lo hacia saber el pequeño ataúd blanco. Deje las bestias amarradas y entre a la iglesia para curiosear lo acontecido. Era el cadáver de un bebe de escaso un día de nacido, pequeñito como su inocencia, observo el cuerpo inerte del infante que esta como dormido, parece sonreír; pregunto de quien es, no responden, comprendo que hay hechos que los niños no debemos saber, hay algo de misterio. Los hombres de campo dejan solitario en la iglesia, fría y solariega el cuerpo inerte del niño muerto, se trasladan al cementerio para cavar la fosa a barretón, pala y aguardiente como era costumbre.
Respondo a los forasteros que había visto dos niñas de escasos cuatro años merodeando cerca de la iglesia solariega; cuan grande fue la sorpresa al encontrar jugando en la caballeriza de una de sus casas a mis pequeñas primas: Lira y Virginia, con el angelito cual se tratase de una muñeca, simulando dar tetero con una hoja de escoba. Consternadas las madres por la acción inocente de las pequeñas, piden disculpa del hecho quizá lamentable. Los sepultureros se llevan al pequeño cuerpo inerte del bebe, quien parece sonreír aun, para dar cristiana sepultura.
En mi pueblo se ha temido siempre por el frío del muerto, se piensa que la gente puede adquirir el hielo del difunto y morir de forma lenta. Las madres proceden a bañar a las niñas juguetonas para librarlas del hielo del muerto con hierbas calientes: malva, eucalipto, guayabo agrio, artemisa, fique de arco y cariaquito morado durante siete días. Hoy día las niñas ya mujeres, recuerdan su anécdota y ríen de aquel inocente e insólito acontecimiento que solo ha ocurrido en San José de Bolívar.