viernes, 28 de mayo de 2010

EL MISTERIO DE LLAMARSE JOSÉ ANTONIO


José Antonio Pulido Chaparro

El nombre de José Antonio huele a soledad y muerte. Eso lo ha repetido mi padre por muchas tardes, mientras ve desde la hamaca la montaña de Simusica que circunda el poblado de San José de Bolívar.
Ese nombre con el que me bautizaron lo llevó el abuelo, y la historia de él es bien singular. Lo más fácil sería decir que mi nombre es hebreo por José, el hacedor de sueños, o romano por Antonio, aquel hombre que amo a Cleopatra. En esencia José podía ser santo y Antonio el nombre de un demonio. El nombre de José más que bíblico es idílico, y el de Antonio salió en una de las tantas barcas que pudieron sufrir el fuego de Troya, ese Antonio siguió los pasos de Eneas. Por lo tanto José es cristiano y Antonio pagano. Esta historia sería la más fácil para explicar mi nombre. Y, tal vez mi nombre tenga mucho de ello, de soñador y realista, de fiel y de infiel al mismo tiempo, quizá terminaría definiéndolo un estudioso como contradicción. 
Pero mi nombre, el de José Antonio, nació en un pueblo de los Andes, y lo irónico es que fue la enfermera la que le propuso a mi padre, que su hijo primogénito llevara ese nombre, pues mi madre lleva el nombre de Josefa Antonia. 
Mi padre, quizá ingenuo, quizá alegre, pensó que ese era el nombre también de su padre, y aquel 10 de junio de 1975, otro ser de este mundo cargaba con aquel nombre: José Antonio.
Mi abuelo José Antonio, heredero de una estirpe, llevó en sus venas el enigma que siempre ha acompañado a su familia. Conocedor de los últimos misterios de la construcción de iglesias. Maestro de obras y cantero, cargó durante toda su vida el nombre de un muerto, que dejó como legado a las nuevas generaciones.
En la aldea de los Paujiles el día 18 de diciembre de 1899, la familia de Don José Domingo Pulido y Doña Eufemia Chaparro, recibió una noticia, su hijo José Antonio había muerto, el infante tenía dos años y medio. Esto sumió a la familia en tristeza y dolor.
El 18 de septiembre de 1901, a Don Domingo y Doña Eufemia les nacía otro varón, y le bautizaron con el nombre de José Antonio, el nombre del hijo muerto. Nacía este niño con el nuevo siglo y con los andinos en el poder, Cipriano Castro había llegado a Caracas para hacerse Presidente. Nacía este niño bajo aquel techo de tejas y paredes de bahareque, con el olor a miel de trapiche y a café. El año anterior Don Domingo había traído a la población de San José de Bolívar la imagen de San Isidro para que protegiera aquel valle, y le pidió a aquel santo, que le diera otro hijo, y que lo pondría bajo su protección.
Desde muy joven José Antonio se dedicó a las faenas del campo y aprendió las primeras letras y otros conocimientos de la mano de Don Domingo. Y en aquella casa de corredores inmensos pasó su infancia, alrededor de los potreros y las molientas en el viejo trapiche de piedra, entre los hornos para hacer teja y ladrillo.
Junto a sus hermanos Vicente y Pedro se dedicaron al cultivo del café y la cebolla. Estos rubros los llevaban a La Grita por la ruta del Páramo, en sus mulas llevaban las cargas, teniendo cuidado con los asaltantes de camino. 
El abuelo siempre fue un campesino hasta el día de su muerte, es decir, fue hombre de Liqui-liqui hecho de Kake, y sus alpargatas de suela. Los Liqui-liqui se los hizo siempre su hermana Bárbarita.
En 1930 muere su padre, por lo que José Antonio es nombrado “Mayordomo de Fabrica” de la construcción de la nueva iglesia, que se había ido a piso por un terremoto en el año de 1929. Además toma el cargo de Prioster de San Isidro Labrador, cargo en el que estaría por 46 años.
En 1931 otro golpe llega a su vida, el 30 de noviembre muere su madre Doña Eufemia Chaparro.
Como una maldición casi todos los hermanos de José Antonio murieron muy jóvenes, y él debió enterrarlos a todos, y luego a sus padres. Y como si hubiese venido a este mundo a ver la muerte, aceptó la muerte de sus seres queridos con resignación, diciendo siempre que eso era voluntad de Dios.
Para estos días había comenzado un romance con Flor de María Parra, vecinos de aquella aldea de Los Paujiles, y que a su vez tenían residencia en La Grita.
José Antonio empezó a cortejar a Flor, llegaba en las tardes en su caballo y pasaba horas contándole sus sueños y pidiéndole que aceptara su amor. Flor le colocó una condición, que cuando él ya tuviese una casa, ella accedería a sus peticiones. José Antonio empezó aquel año de 1930 y con el consentimiento de su padre a construir una casa, que hoy día aún esta en pie en la Aldea de Los Paujiles.
En el año de 1936 contrae matrimonio con Flor y de esa unión son hijos: Eufemia (Ramona), Antonia, Tulio, Pedro, Flor y Socorro.
Don José Antonio fue un padre ejemplar y gran amigo de sus amigos - así lo expresa su hijo Pedro.
Por cuestiones personales, Flor se separa de José Antonio a principio de los años 50 y se lleva a todas sus hijas a La Grita.
José Antonio se queda con los varones Pedro y Tulio, y desde esa época se sume en la soledad y el olvido. José Antonio empezó a trabajar su finca para vivir el día a día. Empezó a tener tal cual vaquita. El café nunca podía faltar y en aquella oscuridad de cocina empezó a desgranar sus recuerdos.
En las tardes se sentaba a mirar la montaña de la Cimarronera, y le contaba a sus hijos que por ese camino había llegado Juan Maldonado a la aldea años atrás. Los domingos bajaba al pueblo a hacer un pequeño mercado y comprar un litro de aguardiente.
Con los años las hijas empezaron a visitarlo, y comenzó a conocer sus nietos. Pedro su hijo le dio el primer nieto, que él tuvo en sus brazos, un recién nacido, un varón, un Pulido. Y quizá sintió dolor pues aquel niño llevaba su nombre: José Antonio, un nombre de muerto que huele a soledad.
Murió el abuelo José Antonio el 23 de octubre de 1977, a las 3:30 de la tarde en la Policlinica Táchira. Sus restos fueron depositados en el cementerio de la comunidad. La misa fue dada por el padre Juan Francisco Santos. 
A este hombre le debo mi nombre, ese nombre que hoy lleva mi hijo.
Quizá en las tardes al tomar un café siempre recuerde al abuelo, en aquellas tardes solariegas, donde perdió la esperanza de encontrar el amor que buscaba.
Los Pulido somos una familia añeja, mi bisabuelo llevó el nombre de José Domingo y mi tataratatarabuelo el de José Florentino, por lo menos ese carácter de soñar no lo hemos perdido…

José Antonio Pulido Zambrano,
escrito una tarde soleada al lado del laberinto de la soledad.

BIOGRAFÍA DE JOSÉ DIONISIO GUERRERO

Por: Humberto Guerrero Guerrero


Nace en la Aldea La Costa en San José de Bolívar el 8 de abril de 1925. Hijo de Carlota Guerrero y de Juan Isidro Vivas. Sus hermanos fueron Quiterio, Socorro y Francisco Guerrero. En 1938 su familia se muda de La Costa a La Fundación, en el municipio Uribante; allí su madre adquiere un lote de terreno y se dedican a las labores agrícolas y pecuarias. La contribución de la gente de San José de Bolívar en la Fundación ha sido de suma importancia y decisiva.
José Dionisio fue un muchacho muy precoz y a muy corta edad ya tenía una bodega propia y se independizó rápidamente. A los 28 años contrajo matrimonio con Paula Elvira Araque, natural de La Fundación, descendiente de una familia procedente de El Moral y Las Palmas en el municipio Sucre. De esta unión nacieron Humberto, Víctor, Gladys, Olga, Rubén, Arnoldo, Ramiro, Mireya, José Marino (+), Alfredo y Mariela Guerrero Araque. 
En la Fundación fue dueño de varias propiedades agrícolas y de algunos negocios que siempre supo dirigir con visión, decisión, honestidad y mucha rectitud. José Dionisio fue un hombre muy humilde, piadoso, de honda convicción moral y ética y siempre les inculcó a sus hijos el respeto por los derechos de los demás y los valores cristianos que él practicaba todos los días, predicando con el ejemplo. Fue siempre una persona colaboradora y servicial en las comunidades en donde vivió y siempre se le distinguió por el afecto y cariño de sus vecinos y familiares, especialmente de los niños y jóvenes.
En un ambiente rural, donde casi siempre vivió y donde los hijos muchas veces sólo se preparan para las labores del campo, siempre se preocupó por la superación de ellos a través de la formación académica y decía que sus hijos mayores debían estudiar para que apoyaran a sus hermanos menores y para que no se quedaran rezagados y siempre se preocupó para que estudiaran en las mejores instituciones e hizo esfuerzos supremos para enviarlos al Seminario Santo Tomás de Aquino y a otras instituciones de educación media, diversificada y superior del estado, cuando la Fundación no tenía carreteras para comunicarse con otras regiones. A las 2:00 am., salía de La Fundación con sus hijos mayores para llevarlos a Palmira y a Pregonero. Un enorme esfuerzo.
Su máxima satisfacción y el premio de sus desvelos y esfuerzos se produjó el 20 de junio de 1981 cuando su hijo Víctor Manuel Guerrero Araque se ordenó de sacerdote en La Fundación, en una ceremonia presidida por monseñor Alejandro Fernández Feo, Obispo de la Diócesis del Táchira y de todo el clero tachirense en la ordenación del Padre Víctor Guerrero.
El resto de sus descendientes han sido trabajadores, profesionales destacados en las áreas a las que se han dedicado y hoy forman una familia muy unida y comprometida con el servicio social, legado que su padre les dejó. 
En 1998 José Dionisio se trasladó a la ciudad de Táriba, donde vivió con su familia, hasta el 28 de enero de 2007, cuando dejó de existir y sus restos fueron sepultados en el panteón de la Familia Guerrero Araque en La Fundación.

domingo, 23 de mayo de 2010

LA LEYENDA DE APOLINAR EL HOMBRE

*José Antonio Pulido Zambrano


Don Apolinar Labrador, en la hacienda "La Esperanza"
San José de Bolívar - año 1927

Había ocurrido en el pueblo de San José de Bolívar muchos años atrás. Apolinar Labrador, apodado “el hombre”, se había unido a las fuerzas armadas del Benemérito, como soldado andante, había sido conocido en toda la comarca. En una ocasión el queniqueo López Contreras le había hablado del Río Bobo, quien transcurridos varios años sería presidente de Venezuela a la muerte del tirano. Esté le había encomendado el paso de un ganado en Los Andes junto a un pelotón de su guarnición.
Con acento trémulo divulgaba sus historias a sus compañeros de armas, mientras limpiaba su uniforme militar. Llegaba varias veces por las noches a su pueblo cantando. En ocasiones vio a su familia en aquel periodo, porque las distancias recorridas en burro, unas veces, y en mula, otras, les daba calentura en el cuerpo, por tal razón las visitas de Apolinar “el hombre” a su pueblo se hacían eternas.
Cuando Apolinar llegaba, la gente se arremolinaba a su alrededor para escuchar las noticias de la capital, San José de Bolívar era apenas una aldea de veinte casas de bahareque y paredes de tierra pisada, la antigua capilla y la casa cural. Allí se enteraba de sus familiares y amigos.
Secciones tumultuosas seguían el arribo de “el hombre” al pueblo. Así lo llamaron por desafiar las distancias, las noches oscuras y los espantos.
Su uniforme kaki, lo mantenía tan pulcro que muchas de las señoritas del pueblo le veían con buenos ojos. Un día, tiempo atrás, contaría Don Apolinar que en una encrucijada se había enfrentado al mismísimo Diablo.
Todo había sucedido un día en el pueblo cuando apareció un espanto, esto cambiaría para siempre la vida de Apolinar “el hombre”. Un suceso que lo convertiría en una leyenda en toda la región del río Bobo. Había terminado su servicio militar, regresa al campo, se compra dos vaquitas y una mula, y se decide a formar una familia digna.
La madrugada de cualquier día de un mes y un año que desaparecieron en la memoria de Don Apolinar, cuando se dirigía al lugar llamado "La Barrita", donde estaba ubicada su finca, se encontró en el camino a un perro negro de cuyos ojos emanaba candela, Apolinar ferviente católico le mostró su escapulario y le rezo un padrenuestro tres veces, el espanto desapareció, pero allí no quedo la cosa. Al siguiente día apareció en la región un espanto que a veces semejaba a un jinete silencioso, en un corcel negro y espuelas brillantes, que desveló para siempre a los rioboberos. Ese jinete hacía sacar al caballo fuego con los cascos. Para esta época en San José de Bolívar no había sacerdote, era el cura de Queniquea que de vez en cuando daba misa en la población. Invadidos por un miedo secular, algunos de los habitantes de San José, contaban que el espanto provocaba enormes ruidos en la tierra, y que muchas veces se transformaba en una cabra y paseaba en las madrugadas por las dos calles que en este tiempo tenía el pueblo. Cuando Apolinar “el hombre” arribó al pueblo, algunos Rioboberos le informaron de la aparición del espanto. Y esa misma noche de agosto, oscura y lluviosa, que jamás pudo saberse de que año era, la tarea de Apolinar quedaría interrumpida cuando el Diablo se interpusiera ante la bestia mular que le movilizaba. Seguidamente, una brisa huracanada lo tumbo de la mula, el Diablo lanzó fuego por la boca. Acorralado y tartamudeante, Apolinar hecho manos a su escapulario, producto más de la angustia que de algo ya predeterminado, e inusitado y temerario: le rezó un padrenuestro y el Diablo salió echando humaradas de candela. Así fue como Apolinar apodado “el Hombre” venció al mismísimo Mandinga.


Don Apolinar Labrador en el otoño de su vida

BANDOLEROS EN SAN JOSÉ DE BOLíVAR

Por: Elvidio Márquez Guerrero




Parecerá una película del Oeste, pero no lo es, en San José de Bolívar, también existieron bandoleros que se ocultaban en las sombras de la las montañas, al caer la tarde, al amanecer, o simplemente con lo opaca que se pone la montaña, los días de intensa nube. Los Carolinos, un grupo de individuos, provenientes no se sabe de donde, llegaron a la aldea Los Paujiles se atrincheraron a los lados del camino que surca las riberas y valles del Río Bobo, por el camino que conduce hacia la ciudad de La Grita, capitanía o distrito que comandaba para esa época, los lejanos territorios de las cumbres cimarronereñas o pauljileras. Los Carolinos, según, cuenta mi papá, llegaron a vivir en la finca que hoy conocemos, como la finca del difunto Pablos Carrero, a unos cuantos metros de la roca o pendiente de las laderas, donde comienza lo plano, hay unos muros de piedra y unos árboles, y ruinas de una casa vieja, donde se cree que vivía.
Dice mí papá, que así, contaba el abuelo Balbino, porque el abuelo Balbino conoció algunos de los descendientes Carolinos, y si aún existen descendientes, hoy en día, pueden ser los Sánchez. Existían otros bandoleros que no se sabe si eran de los mismos Carolinos ubicados en la finca que hoy pertenece a Don Laurian. En otro lugar que estaban era en la quebrada La Pesa (1), ubicada, a unos cuantos metros más arriba de la estación de truchicultura. 


Los Carolinos, temibles bandoleros del páramo
y la aldea Los Paujiles de San José de Bolívar

Los maliantes bandoleros aprovechando la soledad del camino y la oscuridad de la montaña, se ocultaban y hacían sus atracos, porque para esa época a finales del 1800 y principios de 1900, eran pocas las viviendas por esos parajes y sólo se conseguía, los viajeros que iban y venían de la ciudad de La Grita, porque por éste camino se efectuaba el comercio entre La Grita y San José de Bolívar, por allí, se transportaba todos los productos de compra o venta y el dinero de los mismos. 


La Grita era el pueblo que aprovisionaba a los habitantes de San José de Bolívar, de lo que allí, no se producía ; la ropa, las semillas, entre otros elementos de valor. El ganado era llevado por ese camino, por lo que era común conseguir a un arriero de mulas, con cuatro o cinco mulas de carga, transportando alimentos o cualquier mercancía. Por este camino, subían y bajaban los arreadores de ganado, bien sea ; de San José a la Grita o viceversa. Estos hechos se prestaban para que los bandoleros Carolinos, en las oscuras montañas se ocultaran y cometieran sus atracos, con escopetas, garrotes, hachas y machetes, colgando de las ramas, le caían encima al viajero, sorprendiéndole, le golpeaban en la cabeza, o por donde primero podían, hasta darle muerte, desataban las bestias, les quitaban sus cargas, escondían la mercancía robada entre los arbustos, dejaban los animales a la deriva, en el camino, y se ocupaban del muerto o de los muertos, según fuera el caso. Para desacerse de los cuerpos, los bandoleros organizados, ya tenían huecos hechos para enterrarlos, a los que tiraban en el hoyo, y encima le echaban tierra, lo más rápido posible, antes de ser descubiertos por algún otro viajero. Se dice que el nombre de la quebrada La pesa se debe a el matadero que tenían Los Carolinos en esa quebrada.
Más adelante los bandoleros perfeccionaron la técnica, bien sea, porque al seguir apareciendo vecinos se les dificultaba el atraco y tuvieron que irse a hacia la quebrada de La pesa, allá escondida donde nadie pudiera verles para desacerse de los cuerpos, los destajaban en pedazos, esparciéndolos por el monte, la sangre, la lavaban en la quebrada, ocultando lo robado, hasta las horas de la noche, para transportarlo, sin ser vistos, hasta su casa de habitación, en el lugar conocido, como las laderas, en la finca de el difunto Pablo Carrero.


Recreación del bandido Pantaleón Sánchez Mora
muerto de un tiro de bala el 30 de octubre de 1895

Con el paso del tiempo, tuvieron que valerse de otras alternativas para lograr su cometido, pues hicieron de su casa una casa de posada, donde los viajeros, que por allí pasaran, podían entrar a tomarse un jarro de café, almorzar o cenar, según fuera el caso, dependiendo del huésped, le ofrecían su servicios de posada, claro, los Bandoleros aprendieron a calificar los huéspedes, si aparentaba tener dinero o su cargamento era grande, era una buena tajada para los dueños de lo ajeno, por supuesto, la atención era superior, para lograr que se quedaran a dormir allí, y en la noche poderlos matar y quitarles todo lo que traían. Dicen que muchas veces usaban un veneno en la comida, preparado con plantas silvestres ; Munse con Barbasco, un preparado que se les podía echar en gotas, en cualquier comida o bebida que se quisiera, lo que causaba un adormecimiento en la persona que lo tomara, y en altas dosis podía causar la muerte. Otra de las formas de cometer los asesinatos era esperando que el inquilino se fuera a la cama, quizá ebrio por algún merjurge (brebaje) preparado y suministrado en su comida, o en el "palito de miche" (2) le llegaban a la habitación y con una lanza le traspasaban el corazón dándole una muerte casi instantánea, según otras informaciones que ruedan, en las voces de los rioboberos, que han llevado de una época a otra, mediante el más antiguo y único sistema de relacionarse de la humanidad, la fonación articulada. 
Así como este relato narrativo, hay muchas historias fascinantes en nuestro pueblo, que servirán de estudio, cuando se haga necesario aprender más de lo nuestro, que el bombardeo de otras literaturas extranjeras cuando en realidad en lo nuestro está la esencia del sentir, regional que nos identifica culturalmente dentro de un grupo heterogéneo y forma parte de nuestra sociedad, que termina siendo humana, pero cada una arraigada a su entorno, a sus tradiciones y costumbres creando la esencia de cada ser social. por lo tanto, el gentilicio riobobero no puede estar ajeno a esto, porque la historia y la cultura son como el alma de cada pueblo, sin ellas, no se existe el pueblo, siendo la literatura la que le hace trascender, mediante la escritura, para que la posteridad sepa de su existencia, por los siglos de los siglos. 


NOTAS:

1 En San José de Bolívar, Pesa le llaman al lugar donde se hacen matanzas de ganado para la venta de carne. Lugar de muerte.

2 Dícesele a un trago de licor, producido por la fermentación de panela (papelón) con agua, y destilado en un alambique. Licor que le llaman "Miche". Aguardiente propio de esa región.

miércoles, 19 de mayo de 2010

DOÑA ANA MANUELA PAZ DE PULIDO. INSIGNE EDUCADORA TACHIRENSE, MAESTRA DE MAESTROS

Por: José Lubin Pulido Chaparro


Ana Manuela Paz de Pulido
la maestra eterna de San José de Bolívar

Nativa de La Grita, llega en el año de 1.930 a nuestro pequeño poblado de San José de Bolívar, para iniciarse de maestra en la escuela rural de Mesa de San Antonio que apenas comenzaba. La primera escuela rural que se funda en la aldea mas consentida de este municipio.
Era una joven y opuesta señorita con escasos 17 años, había transcurrido poco tiempo de culminar la primaria, de finos modales, sus rasgos demarcaban una adolescente de carácter recio, sin embargo se reflejaba en ella la nobleza que caracteriza a la mujer tachirense. Nació en 1.913, en la Atenas del Táchira, sus padres: Don Ramón Paz Toro y Doña Clotilde Sánchez Urbina de Paz, dieron cuenta de su inteligencia y de sus dotes que de niña manifestó por la enseñanza, soñaba con ser educadora; a edad temprana la colocan en la escuela destacándose de tal manera que sorprende a sus maestros. En la actualidad con sus 94 años, recuerda con memoria asombrosa que su maestra insigne, la señorita: Ana Francisca Sánchez, de sobrado carácter, pero noble, excelente educadora, muy instruida y educada, quien era oriunda de Bogota; plasmo en su joven alumna quizá su sucesora.
La escuela funciona en la casa de Don Leandro Peñalosa, quien era uno de los promotores que con otros pobladores viajaron a La Grita tratando de conseguir la ansiada escuela. Esa bella joven, llamaba la atención de los jóvenes de la época, quienes volcaban la mirada a tan distinguida dama. Don Leandro, a quien Doña Manuela recuerda con afecto, en todo momento estaba pendiente e incluso de noche la cuidaba de quienes pudiesen acosarla.
De esos primeros alumnos recuerda a José Eutimio Peñalosa, un muchacho muy inteligente, se fue con los Hermanos de La Salle, se gradúa de licenciado en Educación, destacándose como Historiador y Escritor.
Después de 2 años, en la escuela rural, pasa al poblado para ejercer de maestra en La Escuela Concentrada 87, que así la recuerda.
Conoció al joven Víctor Manuel Pulido Vivas de quien refiere: su nobleza, su inteligencia y su educación, bastaron para unirse en matrimonio, por demás ejemplar lleno de virtudes ciudadanas; en un ambiente religioso y de sanas costumbres que se prolongo por toda la vida. A su esposo lo recuerda con admiración, era un hombre muy educado, educación que heredo de su padres: Don Juan Pulido Zambrano y de Doña Asunción Vivas Chaparro. Don Víctor: es bregador, excelente administrador de sus escasos recursos y amantísimo padre y connotado esposo.
En su casa moraron sacerdotes que en la época venían en busca de jóvenes, promesa para el sacerdocio. Eran padres Agustinos Recoletos, de origen español que vinieron de Caracas, entre otros, los Presbíteros: Serafín Prado de quien recuerda como excelente orador, Carmelo Lerga y Pedro Senocedrian y en especial al Padre Domingo Guerrero párroco de Queniquea y San José.
Amigos de la casa, sobre todo de Víctor; fue el Dr. Bruno Baldassini. El primer medico que llego a San José de Bolívar.
Al Fundarse la Escuela Federal Regina de Velásquez, es nombrada Directora, cargo que ejerce hasta 1.963 cuando es jubilada.
Cuando se refería a los niños del campo, Doña Manuela opinaba que tenia que brindárseles atención púes en ellos estaba el futuro, son niños con sobrada inteligencia, el mundo esta lleno de ejemplos, son muchos los hombres y mujeres que han triunfado en la vida y su origen es campesino.
No le gusta que a un niño se le dijese bruto; en una oportunidad, una maestra le trato de bruto a un niño y ella la reprimió, diciéndole que no hay niños brutos, que todo niño tiene inteligencia que se debe cultivar, e indagar al respecto, todo niño tiene una habilidad nata para algo útil.
La enseñanza que recibimos quienes estudiamos con ella fue sólida, muy completa. En matemáticas hacia hincapié en los decimales, los quebrados, la regla de tres simple y compuesta, el porcentaje, que eso era fundamental para nuestra vida; en castellano y literatura era muy estricta, sobremanera en ortografía y redacción; en geografía conocimos el mundo sin haber salido de este terruño. Supimos que San Marino era el país mas pequeño del mundo ubicado en Europa. Nos enseño quienes fueron los inventores notables: Benjamín Franklin por ejemplo: quien bahía inventado el pararrayos fue además redactor del acta de independencia de los Estados Unidos, nos decía. Referente a la historia de Venezuela la relataba de tal manera, que parecía que la vivíamos. Sentía y trasmitía el respeto y admiración por los héroes de la Independencia y los Símbolos Patrios.
Nos inculco las normas de Carreño para la educación y el comportamiento humano.
Recuerda a sus exalumnos y se enorgullece de sus triunfos, por los que han sido educadores tiene un respeto especial; Juanita Pulido Vivas, sus escasos recursos no frenaron su vida, su inteligencia la llevo al triunfo, excelente pedagoga. Fundo el Pedagógico de Barquisimeto. Carmen Mora de Pulido, maestra destacada, la biblioteca de San Pablo lleva su nombre, Cira Pulido Francisconi, actuó muy bien de Directora en la Escuela Regina de Velásquez, tengo entendido que Ana Custodia es una institutriz de renombre y en fin se me hace difícil enumerar a mis alumnos que son educadores, se que fueron muy buenos y eso me alegra, también para los demás profesionales y para aquellos que no pudieron continuar sus estudios, por alguna razón, todos ellos, estoy segura, han sido útiles a la patria y a la familia.
Siente un amor inmenso por San José de Bolívar, lo ama, lo defiende, esta pendiente de su desarrollo y de sus habitantes, de quienes sostiene: son gente noble, directa y espontánea, allí tuve buenas amistades.
El año pasado vino a este poblado, ella quería verlo antes de morir tan siquiera por última vez, estuvo en la iglesia, en el casco urbano y en el cementerio para rezar por los que habían muerto.

lunes, 3 de mayo de 2010

YORBELL CHACÓN, LA REINA DE LAS FERIAS Y FIESTAS DE SAN JOSÉ DE BOLÍVAR 2009, CON OLOR A ANDINIDAD

*José Antonio Pulido Zambrano


Yorbell Chacón nació el 03 de noviembre de 1991, y es genuinamente riobobera. Este escrito lo hago con el sentimiento de exaltar la belleza de nuestra mujer andina, y como ellas han empezado a construir mundos desde lo descomplicado.
Yorbell, una joven carismática y triunfadora, que ostenta y humildad, sencillez y belleza. La conocí hace más de un año, antes de recibir la corona de reina en las ferias y fiestas de San José de Bolívar año 2009, desde un principio su porte lo dijo, y así lo fue. Al asumir el reinado del pueblo se dedicó con tezón a llevar esa corona más allá del pueblo, sin temor a equivocarme, Yorbell abrió una puerta para que la belleza de la mujer del páramo empezara a llegar a otros reinados de belleza.
Yorbell, usando su imagen a través de la tecnología le ha dicho a muchas niñas del pueblo que los sueños se hacen realidad y todo puede alcanzarse si se tiene valores y tenacidad.
Yorbell es la imagen que el poeta buscó en aquellos páramos del aislamiento, de la soledad, Yorbell es india y española, es cacao y café, es río y laguna, es montaña y neblina. El olor a frailejon está en su aureola que envuelve a quien la conoce como cual Frailejón a nuestro pueblo.

LA HISTORIA DE SAN JOSÉ DE BOLÍVAR A TRAVÉS DE LOS NIÑOS


Es grato ver que hoy los niños tienen esta tecnología para hacerse de un conocimiento que fue vedado a los de nuestro tiempo. Hoy los niños y adolescentes tienen en sus manos la oportunidad de hacerse de la historia de los pueblos, pero esto no puede ser si no enseñamos desde chicos a nuestros hijos el amor por la lectura, y en especial el amor por la historia. Riobobense fue fundada con ese objetivo, el de acercarse a los más jóvenes para mostrarles el origen de nuestro amado pueblo San José de Bolívar.