sábado, 1 de julio de 2017

LA MUSICA TACHIRENSE

Por: Luis Felipe Ramón y Rivera.

La música que hoy se encuentra en boca del pueblo tachirense es de origen europeo. No hay vestigios de la música indígena, que sin duda debió existir, ni se conoce más música afroide que la pobre imitación actualmente difundida por medio de la radiodifusión. Pero no es tampoco abundante la música folklórica que puede obtenerse más o menos fácilmente, aun cuando el repertorio, comparado con los demás estados venezolanos, sí lo es. Se ha producido en consecuencia - es la conclusión - un notable proceso de desintegración en esta música.


Domiciano Sánchez, cantor de galerones y canciones antiguas, en su casa de Cordero. 
Fue soldado de Cipriano Castro y cuenta 83 años.

El repertorio es variado y abundante, como se verá, y dentro de él hay piezas no halladas en otros lugares de Venezuela. Digamos de una vez cuáles son: La perrabaya, El Pato, La Pala, La Molinera, La Lumbarda, La Severiana. Todas estas piezas y las demás que corresponden al género de música bailable antigua que vamos a estudiar, pertenecen al tipo venezolano denominado golpe y cuyas características principales son: estructura de reducidas dimensiones, armonía elemental, repeticiones más o menos variadas.
El proceso de desintegración a que nos hemos referido se comprueba por la supervivencia de ciertos elementos, maneras de cantar o tocar tradicionales que forman una capa antigua, y el olvido de esos elementos, que se produce a la vez que se sufre la transformación de la música y las costumbres con ella conectadas en la decisiva intervención de la vida moderna.
Los elementos tradicionales presentes en la música folklórica del Táchira son los siguientes: relación bitonal, producida dentro del mismo período; utilización de escalas modales como la hipodórica (menor antigua); melódica independiente en sus dos formas: Canto completamente libre sobre acompañamiento fijo, y canto más o menos acompasado pero de medida diferente a la del acompañamiento ("melódica independiente de aspecto birrítmico"); polirritmia, que se produce por la conjunción de la voz que improvisa, el canto firme del bandolín y el acompañamiento con su medida fija en algunos instrumentos (tiple, charrasca),o variada en otros por la improvisación (maracas).


Músicos de Los Bayos, Distrito Uribante. Ambrosio Pernía es el violinista, 
Francisco Pérez el del tiple y Elio Ramón Pernía el del cuatro.

Esta a su vez, la improvisación, es un importante elemento tradicional hoy casi perdido por completo. Encontramos sin embargo todavía, buenos ejemplos de "canto acomodao", o "versos acomodaos", que es la designación vieja hoy todavía en uso para la improvisación, y con ella, ciertas costumbres campesinas probablemente de origen indígena, como la que vimos, por ejemplo, de pasarse las maracas entre sí los hombres, a medida que iban cantando, y pasárselas para tocar con una sola, al modo de los indios. Esto aconteció en un caso, en que tocaban con un par de maracas atadas en sus palos, y mientras el cantor entonaba su canto, el vecino, sin tocar, sostenía la otra maraca. Una designación diferente, pero que también se refería al canto en conjunto y según la manera antigua, es la de cantar "a la cuerda", que es como decir junto a los instrumentos, o como dicen en el Llano, "al pie del arpa".
Pero hay además un importante elemento tradicional ya imposible de recuperar,y es la costumbre de cantar las mujeres junto a los hombres. Esto era común en épocas pasadas, según el testimonio de los más viejos. Y es un detalle muy importante por su rareza, pues las mujeres, salvo en la zona de influencia negra o en la indígena, no cantan en nuestro país. Los hombres, no sabemos si para acordarse un poco del registro agudo de las mujeres, o bien porque fuera costumbre antigua, lo cierto es que cantan en su registro más agudo; y no todos pueden hacerlo bien, lo cual es, además, otro factor de inhibición y olvido consiguiente; o como dicen ellos con su palabra, de uso muy americano, "dejación".
La improvisación cantada va unida casi siempre a la melódica independiente, porque es propio de ese modo discursivo la libertad métrica. Priva entonces únicamente el acento, que agrupa conjuntos de tres o cinco notas, conjuntos que unidos a los grupos comunes de dos o cuatro notas, forman la base rítmica principal en estos casos.


Músicos de San Isidro, Distrito Junin. Pedro León Castillo, cantor de fuste, se retrata de saco y franela. José Luis Peña pulsa el bandolín y Hector Julio Buitrago el tiple. 
Otro cantor es Anito Daza.

La escritura de este antiguo modo de cantar no es fácil (1), y a menudo resulta arbitraria. Pero sería mucho más arbitrario y censurable escribirla sometiéndola a compás, cosa que no podría hacerse sin violentar los valores y, muchas veces, sin cambiarlos completamente. Nuestra escritura indica por eso constantemente con lineas divisorias de puntos las medidas aproximadas (no siempre compases propiamente), y cada vez que es necesario y posible, la relación de esa semi-división del canto con el compás fijo del acompañamiento. Trascribir de otra manera el fenómeno sonoro, nos parece imperdonable omisión científica. Una vez aclarado este importante punto, volvamos al acontecer socio-folklórico trazado al principio.
Al decir que existe un proceso de desintegración de esta música nos referimos al hecho comprobado por nosotros de que una misma pieza se recoge de muy distintos modos en diferentes lugares: en unas partes la saben cantar, pero ni el bandolín ni el requinto conocen el tema que sirve de canto firme; en otros hay un bandolinista que sabe este tema y alguien que lo sabe acompañar, pero ninguna persona sabe improvisar  sobre la base que uno y otro le proporcionan; por último, hay piezas de las que ya no se recuerda sino el golpe (ritmo y armonía), y otras olvidadas completamente, de las que ya no hay más que la mención del nombre. El estudio musicológico queda de esta manera librada a muy pocos datos en los casos de más abundante recolección, y absolutamente falto de elementos de juicio en lo que concierne a las piezas recogidas apenas una vez; porque nada podemos afirmar con un solo ejemplo a la vista, sino que ese es un resto, una de las melodías o de las maneras como se cantaba esa pieza. Pero restos dispersos que se juntan, forman desde luego un cuerpo de historia y eso es lo que nos corresponde hacer en estos estudios. Así, la labor no deviene fallida de ningún modo; al contrario, rastreamos el pasado e indicamos el proceso cumplido.


Músicos de San Joaquín de Navay. Eladio Zambrano y Juan Duque.
  
Otro aspecto interesante de este proceso, es el del reemplazo de una música por otra. Tonos y romances eran la música apropiada en otras épocas, para festejar los velorios del Niño Dios frente al pesebre, y estas mismas piezas servían para el velorio de los angelitos y los velorios de cruz y santo, tal como acontece en el resto del país. Pues bien, andando el tiempo esa música fue reemplazada por los "cantos acomodaos" de carácter profano; fueron muriendo los cantores y rezadores en tanto que subsistieron el Pato Bombia, la Perrabaya, el Galerón, entre otros., y lo que comenzó siendo festejo místico acabó en baile y parranda. Estos son los velorios en su mayor parte hoy día, y sólo se excluye la Parada del Niño, que todavía se mantiene como festejo místico solamente. Pero el proceso no termina ahí, pues como también la música bailable antigua ha sido olvidada, se produjo su reemplazo por los modernos bambucos, valses, y las más recientes piezas como el bolero o la guaracha. Y si no es que algún acontecimiento inesperado o alguna inesperada influencia intervienen, el futuro de la música destinada a estas fiestas campesinas parece estar en manos de la música mecánica... Tal es, sin alarma, pero sin disimulo, el panorama descubierto gracias a la investigación.

Baudilio de Jesús Zambrano, músico de Requinto en San José de Bolívar.

Abordemos otro aspecto de nuestra música folklórica: el de su funcionalidad.
La música acompaña al hombre desde la cuna hasta la muerte, y en la música del Táchira encontramos, como en la del resto del país, canciones de cuna, cantos de trabajo, cantos y piezas instrumentales para bailar, cantos místicos que sirven por igual para reverenciar a un santo o para festejar a un muerto: el "angelito".
La índole panorámica de este ensayo, nos obliga sin embargo a juntar toda la música recogida en tres secciones: Música para Bailar, Música Mística y Cantos Varios.
En la música para bailar encontramos dos tipos: la cantada y la instrumental. Si bien la música cantada precede en éste como en todos los casos a la instrumental, no puede decirse que toda la instrumental sea moderna, porque están los antiguos valses, por cierto, de estructura mucho menor que los actuales.
Colocamos dentro de la música bailable a la mayoría de las piezas colectadas, porque los datos casi siempre aluden a ellas como pertenecientes a esa función. Y aun cuando no tengamos la descripción del baile especial en cada caso, por tradición se sabe cuáles eran las que se cantaban solamente, lo que permite por exclusión agrupar a unas y otras.
La sección de música mística agrupa melodías de muy distinta función: unas sirven a las procesiones y demás festejos de Navidad, otras a simples costumbres piadosas como la de la Corona, otras al velorio de angelito.
Por último, en "cantos varios" agrupamos cierta música profana de diversión no bailable, los cantos maternales, los cantos de trabajo, entre otros.


Luis Felipe Ramón y Rivera y José Humberto Ocariz.-

En cuanto al aspecto histórico, ya hemos desechado el aporte indígena por no sobrevivir, y el negro por no haberse difundido en el Táchira. Veamos qué pasa con el aporte europeo.
Es indudable su presencia, pues todo: melodía, armonía, rasgueos, escalas, instrumentos, proceden de Europa. ¿Qué es entonces lo tachirense, de esta música? Se puede contestar con una breve frase aplicable al folklore de todas partes: lo característico, lo tachirense, es la mezcla de estos elementos entre sí. Porque no es europeo hacer de un instrumento acompañante - el tiple - uno cantante - el requinto -; no es europea tampoco la manera de nuestros rasgueos ni el modo de cantar, ni el acompañamiento de las maracas, ni las modificaciones en el encordado, entre otros. Además, todo esto va unido a una temática literaria, en gran parte local; y nuestros valses y bambucos han adquirido aquí una forma propia. Pero por sobre todo esto hay algo todavía más importante, y es el hecho de la conservación de antiguas melodías locales, que si bien dependen de Europa en cuanto a su base armónica, rítmica o escalística, esto, como se sabe, es apenas la materia prima, con la que el hombre de nuestras sierras crea sus propias melodías. No se piense, sin embargo, que la creación es total, porque existen las vinculaciones con otras melodías venidas de otras partes, lo cual es también un fenómeno general. Hemos hallado en el Táchira algunas melodías - un par - que tiene giros acostumbrados en países del sur como Argentina o Chile. La presencia de estos giros nos mueve a preguntar si están allí por formar parte del patrimonio común americano, o porque fueron traídos hasta nuestras tierras fronterizas por gentes venidas del sur probablemente en los años de la Independencia. Por el momento sólo cabe esperar antes de afirmar nada, pues una recopilación más intensiva puede arrojar más luz sobre el asunto.
Está además, dentro del territorio nacional, la conexión de la música tachirense con el Llano, Zulia, Mérida, Falcón y Oriente.


Músicos de Queniquea. Doroteo Arellano es el de la bandola, José Sánchez el del tiple,
Claudio Arellano el del cuatro y Gerardo Ramírez el de las maracas.

Piezas reconocidas llaneras como el San Rafael, hemos recogido en diversos lugares tachirenses; y otras como la Chipola o el Seis, han sido mencionadas o ejemplificadas siquiera una vez.
El tráfico de ganado desde el Llano hasta el Táchira y a veces más allá de su frontera, fue en el pasado muy importante. Con el ganado viajaron los peones y con ellos la música llanera; también algo de sus bailes, como es natural. Luego hay que añadir el conocido dato de la migración barinesa hacia el Táchira, producida por la Guerra Federal. Ya antes de 1859, al decir de Rafael Gonzalez Rincones, "en Venezuela fue toda tragedia para la llanura: sus propiedades y fundaciones quedaron arrasadas por la vorágine de la guerra civil... Barinas, ciudad rica y populosa, quedó así destruída; a sus sobrevivientes sólo les quedó el horizonte abierto para el éxodo indecisa"(2). Fueron ayer esos barineses quienes mezclaron su música con la nuestra, del mismo modo como lo hacen hoy en los lados llaneros del Distrito Uribante.
Por el noreste, Zulia, Mérida y Falcón sobre todo, influyen en nuestra música. Gaitas, romances y villancicos van dejando lentamente algo de sus cadencias y sus giros; pero son especialmente determinadas piezas comunes a Falcón y Táchira, el campo de los más fuertes vínculos por este lado. Son El Manzanares, El Guarapo, La Paloma, La Guaharaca, entre las piezas de baile, o La Corona entre las de índole mística. También el caldeado viento de la guerra arrojó mucha gente de Falcón - primero del hombre y después del territorio epónimo - hacia el Táchira y hacia Colombia. "Los libres corianos" de la Guerra Federal se esparcieron con su pólvora y su música no sólo en el espacio sino también en el tiempo. Hallamos por ejemplo en un raro libro(3), publicado por don Benigno A. Gutiérrez, meritísimo costumbrista colombiano, las siguientes notas que entresacamos de la obra varia de Antonio José Restrepo, publicada gracias a la devoción de Gutiérrez: 

"El tigre en la serranía,
la tintorera en el mar,
y Juan Antonio García
en Coro y su vecindá".

"Esta coplilla es coriana y nos trae a la memoria recuerdos de una expedición en que nos vimos comprometidos por disposición del doctor Soto, general del que nosotros fuimos con honra primer ayudante. Es el caso que, habiendo nosotros rescatado como por milagro las armas compradas en Europa por el general Sarmiento para la revolución, malamente despachadas como si fueran drogas y capturadas o decomisadas en Trinidad por el gobernador inglés de allí; habiendo traído esas armas a Maracaibo en barco que alquilamos a un tal Lutoski(4), el doctor Soto hizo sacar las que había de llevar a Riohacha el general Durán, próximo a partir, y nos despachó a nosotros con un patrón de su confianza y los necesarios champanes para remontar el Catatumbo y el Zulia, llegar a Puerto Villamizar y de allí a Cúcuta, cuartel general de la Revolución..."
"En las horas muertas de la noche nos distraía el canto de los soldados del piquete, que se apedillaban a sí mismos en sus trovas "Los libres corianos". Sin duda lo eran a su modo, medio desnudos, mulatazos fornidos, con un rifle de precisión en las manos, la bayoneta en el cinturón y una talega terciada a guisa de guarniel, hasta con cien cápsulas dentro". 
"Uno de ellos rasgueaba a la sordina un cuatro, cuyas cuerdas, templadas por el trisagio,... es decir, hasta casi reventar, humedecidas además por el agua y por el vaho de las selvas, apenas si gañían lúgubremente en aquellas medrosas soledades".
"No embargamente esto y las mil incomodidades que se conllevaban a más no poder, aquella musiquilla y el canto de los corianos fueron de grande alivio para todos nosotros. En esos cantos vesperales cogimos la copla de Juan Antonio García, que compartía con el tigre y la tintorera o tiburón los dominios de Coro y sus vecindades".

Nos ha parecido útil traer a colación estos datos, por lo que ellos robustecen la idea del contacto cultural en épocas pasadas, pase a la falta de caminos y facilidades para viajar.
Si la presencia en el Táchira de las piezas antes mencionadas es ilustrativa respecto a Falcón, hay otras como el Galerón, que nos certifican la vinculación con toda la zona oriental del país.


Músicos de Michelena. Juan Antonio Rivas Díaz toca la guitarra, Juan Bautista Tapias el tiple, 
Pedro M. Vivas el bandolín, Tomás A. Rosales el laúd y José Tapias las maracas.

Es casi seguro que será imposible aclarar nunca, si estuvo primero en boga un baile llamado Galerón, o un canto al cual se le juntó después una coreografía en cierto modo criolla. El canto, la música de laúd y guitarra acompañantes, pudiera venir desde los primeros años de la Conquista con los primeros marinos. El baile y la fiesta de los galeones que dio origen al nombre - desde luego, la fiesta sí - al menos se difundieron después. Poco importa al fin y al cabo la prioridad, ante el hecho comprobado de la difusión de un canto y un baile denominado Galerón, el cual llega al Táchira y pervive casi hasta nuestros días, con la característica todavía más importante, de que la conservación en tierras tachirenses es fiel al modelo tradicional, mientras que en otros lugares como Lara o Cojedes, del Galerón no quedan más que vestigios de su armonía característica.
Algo semejante ocurre con la pieza denominada El manzanares, que conserva en el Táchira sus caracteres musicales inalterados, vínculo cultural también con el oriente y la región de Guayana.
Por lo que toca a los nexos con Colombia, es necesario considerar dentro de dos aspectos esta cuestión: el que toca a la música folklórica, y el que se refiere a la música popular.
Difícil sería a un desconocedor de la dinámica cultural, situado en nuestra frontera, formarse juicio respecto a si una música es venezolana o colombiana. Porque es seguro que las gentes que habitan en la otra ribera del río Táchira cantan los mismos cantos que los del lado acá. Y entonces, ¿cómo decir que esta música es tachirense si también está al otro lado del río? Debemos decirlo nosotros: a los fines de análisis y conclusiones científicas, no existen límites geopolíticos, sino zonas culturales. La zona cultural tachirense no termina en Ureña, San Antonio o Delicias, sino que se prolonga hasta los campos vecinos que están enfrente. Porque así como encontramos campesinos acá, que vienen a vendernos sus frutos y han pasado el río apenas dando cuatro saltos sobre sus piedras, encontraremos también del lado allá a nuestros campesinos cantando velorios o celebrando cualquier otra fiesta con la música nuestra, que es de toda esta zona. Este acontecer actual, fue no sólo igual sino más fuerte en el pasado. Veamos lo que nos dice al respecto la opinión de los hermanos A. Miguel y Rodulfo Eloy en el prólogo de su libro "Poesía popular del Norte de Santander" (Cúcuta, 1940):

"En otros tiempos fue Gramalote, como muchos otros pueblos famosos por sus festividades; allí se reunían entonces gentes de diversas partes del Departamento, del país y hasta extranjeros venezolanos, que acudían llevando en sus memorias una abundante provisión de cantares para lucir en el pato versiao de los bailes de la tarde".

Pero tanto como se llevaba se traía...
El Táchira recibió y recibe gente que canta y toca tiple y bandola, venida de más allá del río. Versos y música de los cantos de cafetería, con toda seguridad, son más los que nos han traído que los que nosotros hemos podido darles. Pero además está toda la corriente antigua de cantares, que debió haberla y hoy ya no existe sino en restos que recogemos. La Guariconga, por ejemplo, cantada en el Táchira puede haber venido de Colombia. No conocemos muestras de esta música ni de coplas que a ella se refieran en otros lugares de nuestro país. En cambio, las hay colombianas. Don Benigno A. Gutiérrez nos da en su obra de recopilación antes mencionada, los siguientes datos, que extracta de Carrasquilla: "es ello (la Guariconga) un aire en boga, en partes cantado, en partes hablado, con muchos ay¡ ay¡ y mucho zandungueo, de esos que de populares se hacen insoportables. Hase vuelto hasta trascendente: todo lo chillón, lo abigarrado, lo extravagante, es guaricongo. Y Marto entona:

Yo tenía mi guariconga
a orillas de la quebrada,
con polleras amarillas
y montera colorada".
(pág. 445).

También en el mismo libro hay un dato - notable por la precisión de la descripción - en el que la Guariconga viene a ser algo así como un amuleto y la creencia en él, todo esto relacionado con el folklore anímico y nada musical.
Tema aparte es el relacionado con la música popular. Su mayor influencia llega con el mejoramiento de los caminos, que no se sabe, fueron mejores hacia Colombia, que los que nos en lazaban con Mérida y el Llano. Esta situación subsiste hasta la terminación de la Carretera Trasandina, alrededor de 1927, y es éste el factor definitivo de enlace tachirense con el resto del país desde el punto de vista cultural - definitivo en cuanto a rapidez, queremos decir.
La música popular colombiana llega primero con maestros de capilla, directores de banda, ejecutantes diversos, hasta que el disco y la radiodifusión ocupan el lugar de aquellos. El repertorio de las primeras bandas organizadas en el Táchira, así como el número de sus componentes, indican con claridad la estrecha vinculación. Al lado de las piezas modernas de fines de siglo - polkas, mazurcas - estaban los pasillos y bambucos, repertorio con el que alternaban nuestros valses y joropos junto con las consabidas danzas, redowas, galops y marchas del repertorio universal. existió entonces, como existe hoy, una capa social - la de las ciudades y pueblos más importantes - acogedora de toda música nueva venida de más allá de la frontera, y otra capa resistente a esa influencia, la campesina. Lo que sucedió a partir de la difusión del disco, el cine parlante y la radio, pertenece al presente y por sabido no es necesario insistir sobre ello.
Una conclusión podrá sacar el lector al través de nuestras palabras, y es la de que la música tachirense es venezolana como la que más. La presencia y cultivo en ella de piezas tan nacionales como el Galerón y el Manzanares, o la conservación de aquellas que señalé como halladas en el Táchira únicamente, bastan para justificar tal juicio. Y ello es satisfactorio ante todo, porque son legítimos recursos de expresión nacional que debemos reclamar ante los que pretenden que no tenemos nada cultural tachirense o muy poco. Y al proclamarlo así, orgullosamente, permítaseme un cariñoso recuerdo y agradecimiento a los hombres y mujeres con quienes convivimos algunos días en la tarea de recopilación, y quienes fueron hasta su atesoramiento en las cintas magnetofónicas y en la letra, los guardianes constantes de un patrimonio sin el cual podríamos ofrecer como expresión cabal del gentilicio.

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Notas:
1.- Hemos publicado un estudio especial titulado "Polirritmia y Melódica Independiente", en la revista de Archivos Venezolanos de Folklore. N° 1. Caracas, 1952.
2.- "Cartas barinesas". Editorial Sucre, Caracas, 1958.
3.- Antonio José Restrepo. "El cancionero de Antioquía". Edit. Bodout, Medellín, 1955.
4.- ¿El general venezolano de ese apellido? 

El presente artículo es tomado con fines didácticos de la revista El Farol (Marzo/Abril - 1961). Caracas - Venezuela.

CÓDIGO POSTAL DE SAN JOSÉ DE BOLÍVAR

El código postal de San José de Bolívar es 5054.-


viernes, 30 de junio de 2017

LOS ENCANTOS ABORIGENES

Por: José Antonio Pulido Zambrano
Editor de la revista Riobobense


Lagunas del páramo La Cimarronera (Foto Wikipedia).-

Crecimos en un San José de Bolívar aún pintado a blanco y negro, por lo que era común escuchar los cuentos de los abuelos y entre ellos era común la palabra "Encanto" o "Encantamiento".
La palabra "Encanto" era asociado a nuestro pasado aborigen y de allí que sostuvieran relatos de "Lagunas encantadas", "Montañas embrujadas por los indios", "El tesoro enterrado de los babukenos y que nadie lo podía ver porque estaba encantado".
Lo cierto es que estas supersticiones iban a todos los ámbitos, uno de ellos era la cacería. Cuando alguien iba a cazar a la montaña procuraba no ir un viernes santos o los martes trece, pues según nuestros abuelos eran los días que los indios se dejaban ver y lo podían encantar y perderse para siempre en la montaña.
Asimismo el bañarse en pozos de quebradas en los días santos, era consecuencia de ser absorbido por las aguas y ser llevado a donde vivían los indios. Más de un ahogado en Semana Santa se le achaco su muerte debido al encantamiento de las aguas de nuestro Municipio.
Y el relato más famoso era el de que las lagunas del páramo La Cimarronera estaban encantadas por los indios por lo que debía irse con un buen baquiano para no perderse en esas zonas tan inhóspitas.
La palabra "Encanto" según el diccionario es el resultado y la acción de encantar (Hechizo), procede del latín "incantāre" y su primera acepción es influir sobre algo o alguien a través de la magia. En el pueblo existen muchas historias y cuentos infantiles donde se usa el encantamiento para crear situaciones irreales o ilusiones en los personajes, quizá el cuento más famoso sea el del Brujeador, quien viéndose hostigado por la policía y acorralado ante sus desmanes diabólicos con la comunidad y verse apresado en una bodega opto por convertirse en una mano de guineos, dicen que un policía se llevo dos de estos guineos y cual sería su sorpresa al llegar a su casa y en vez de guineos encontró dos alpargatas.
El otro relato es de aquellos que desenterraban tesoro frente a la casa de Don Ramón Rodríguez y por no ser a quienes estaba dirigido el tesoro, vieron pasmados como una olla llena de "morocotas" se transformaba frente a sus ojos en una olla llena de cenizas.-

lunes, 26 de junio de 2017

LA SEMANA SANTA DE ANTAÑO EN SAN JOSÉ DE BOLÍVAR

Por: José Antonio Pulido Zambrano
Editor de la revista Riobobense


Luis Rosales en el papel de Jesucristo (Semana Santa 1993).-

Anteriormente la gente de antes - suele decirme mi padre don Pedro - solía trabajar todo el año, eso de las vacaciones es un concepto nuevo en el pueblo.
En la época de antes, la de nuestros padres, se trabajaba mucho, menos en Semana Santa y la época de Navidad; sobre todo en Nochebuena, el nacimiento del niño Dios.
Se tenía por costumbre en lo que se conoce como "Tiempo de Cuaresma" no comer carne ni los miércoles ni los viernes;de igual manera los días santos: Lunes, martes, miércoles, jueves y viernes, eran días de ayuno obligatorio; el jueves se preparaba el ritual de los "Siete potajes" ya que ese día se comía a mediodía siete comidas distintas, menos carne, pues en Semana Santa no se consumía carne en ningún día.
El sábado santo la gente se preparaba desde muy temprano para estar en la cantada de gloria, en esa época la iglesia no tenía bancas y era costumbre que cada familia llevase las bancas al Templo, por lo que se mandaba a realizar a los carpinteros de la zona bancas con ornatos especiales para identificar los apellidos de cada objeto. Los Pulido tenían una banca que tenía labrado a San Jorge peleando con el dragón; Los Zambrano ostentaban en su banca una Flor de Lis con un San Juan Bautista; Los Francisconi habían mandado a tallar un par de llaves símbolo de San Pedro en su butacas; Los Parra tenían como icono en su banquete un par de uvas; Los Peñaloza habían mandado a moldear la imagen de San Antonio de Padua; Los Chacón tenían a San Esteban entre palmas y piedras; Los Moreno a San Francisco de Asis; entre otros.
Una característica (hoy en desuso) era que al poblado lo abrazaba un verdadero silencio, la iglesia atestada de feligreses orando en murmullos, las calles desiertas, las tarantines y bodegas cerradas. Sólo el ajetreo de las matracas anunciaban algún cambio. Ese sábado de gloria a las ocho en punto se rompía el velo, se cantaba el Gloria, las campanas donadas por los fundadores del pueblo aleteaban en vuelo con sus repiques; sonaba el acorde armonioso del antiguo Órgano que había logrado traer de Mérida, vía Tovar el padre José Ignacio Moncada, este acorde lastimero iba acompañado de los cantos liturgicos y un oración en latín por parte del sacerdote. Luego la gente encendía las velas y la gente repetía las palabras del Cura: 

- ¡Cristo Rey, resucitó!


La idea del Viacrusis Viviente se instala en 1977 por el padre español Juan Francisco Santos Gutierrez.-

ESCUELA DE CICLISMO DE SAN JOSÉ DE BOLÍVAR

Por: José Antonio Pulido Zambrano
Editor de la revista Riobobense


Escuela de Ciclismo San José de Bolívar


Escuela de Ciclismo de San José de Bolívar 
fundada en el 2017 por Ricardo Mora y Javier Rojas
(Foto Archivo Johana Carrero).-

San José de Bolívar es un pueblo mágico que le ha dado a este mundo muchos momentos de alegría. Mientras en otras partes se apuesta por el fútbol, en este rinconcito del Táchira se esta cultivando el Arte del buen ciclismo.
Antes de consolidarse este movimiento como Escuela de Ciclismo, el pueblo se arrojaba a sus calles a ver las distintas competencias que en los ultimos años ha acaparado la atención del poblado por el ciclismo de montaña y los padres no lo pensaron mucho y empezaron a apoyar a sus hijos en este renglón. En el pueblo aún impera la frase: "Deportes si, Drogas no".


Sebastián y Santiago Mora Carrero, iconos ya del ciclismo riobobero.-

La pasión en el pueblo por el ciclismo no es nuevo, ya que el estado tiene como expresión deportiva lo que se conoce como "La vuelta al Táchira". Y es así como en el transitar del tiempo los caballos y jinetes en sus cabalgatas por las calles han ido dando paso a los jinetes con potros de metal, que no es otra que las bicicletas.


Competencia ciclística del 19 de marzo del 2017, 1er Lugar Jaiver Rojas.
(Foto Johana Carrero).-


Competencia ciclística del 19 de marzo del 2017, 1er Lugar Sebastián Mora.
(Foto Johana Carrero).-

En las ferias de marzo, ya uno de los atractivos es la Competencia de ciclismo por las principales calles del poblado, partiendo la competencia desde el sector del llano.
Todo este movimiento ha dado como resultado que el equipo de ciclismo de San José de Bolívar allá participado ya en eventos de otros municipios de la entidad como en La Fría (García de Hevia).


Participación de ciclismo infantil y juvenil de la Escuela San José de Bolívar 
en la Competencia Nacional en la ciudad de La Fría el domingo 8 de marzo del 2017.
(Foto Johana Carrero).-


Integrantes de la Escuela de Ciclismo San José de Bolívar 
en la Competencia Nacional en la ciudad de La Fría el domingo 8 de marzo del 2017.
(Foto Johana Carrero).-

La Escuela ha tenido tanta aceptación que ya ha sido visitada por reconocidas figuras del ciclismo nacional como "El Gato Medina", campeón de la vuelta al Táchira.


El Gato Medina con los niños de la Escuela de Ciclismo San José de Bolívar


Ricardo Mora, uno de los pioneros y promotores de la fundación y creación 
de la Escuela de Ciclismo San José de Bolívar junto al Gato Medina y sus hijos:
Sebastian y Santiago Mora Carrero.-
(Foto Johana Carrero).-

El 23 de abril del 2017 la Escuela de Ciclismo participo en la Ruta de montaña en la laguna de Urao, Santa Cruz de Mora, estado Mérida.-


La Escuela de Ciclismo en el estado Mérida.-
(Foto: Johana Carrero).-


La Escuela de Ciclismo en el estado Mérida.-
(Foto: Johana Carrero).-

El 11 de junio del 2017, la Escuela de Ciclismo participa en en a competencia en Barquisimeto, estado Lara, donde integrantes de la Escuela obtienen 5, 7 y 8 puesto a nivel nacional.-
Debido a todo los integrantes de la Escuela empiezan a practicar en el Velodromo J. J. Mora.


Escuela de Ciclismo de San José de Bolívar en el Velodromo J. J. Mora.-
(Foto: Ricardo Mora).-


Santiago y Sebastian Mora Carrero en el Velodromo de San Cristóbal.-
(Foto: Ricardo Mora).-

Y el que persevera llega a donde quiere, y esto lo hemos visto este fin de semana cuando Santiago Mora Carrero logró el primer lugar en su categoría infantil, evento a nivel nacional acahecido en la ciudad de Barquisimeto, estado Lara.


El riobobense Santiago Mora se alza con el primer lugar nacional en ciclismo, 
24 de junio del 2017.
(Foto: Ricardo Mora).-


Santiago Mora Carrero y sus padres Ricardo y Johana.-
Barquisimeto, 24 de junio del 2017.-

domingo, 25 de junio de 2017

¿PUEDE SER EL TERMINO BABU, UNA PALABRA VASCA?

Por: José Antonio Pulido Zambrano
Editor de la revista Riobobense
Individuo de Número de la Academia de Historia del Táchira


Los babukenos han sido considerado la gente de las aguas
y ven en la proncesa Babú uno de sus grandes símbolos.-

Desde la publicación de la Monografía de San José de Bolívar del prestigioso historiador Horacio Moreno se planteó la conexión de este poblado con una etnia aborigen de nombre Babukena. Ahora, hasta donde es cierto que los babukenos vivieron en esta zona, que registros existen de su paso por estas tierras?
El termino Babu es traducido como "Lugar de las aguas" por primera vez por don Raúl Salcedo (Publicaciones Humogría, La Grita, Folleto N° 45). Luego el profesor Horacio Moreno plantea que "río Bobo, derivación de río Babu, nombre indigena, cuyos pobladores se asentaron en la meseta de Babuquena" (Monografía de San José de Bolívar, 1982, página: 19).
Ya Alfredo Jahn en su libro Los aborígenes del occidente de Venezuela (Tomo II, Monte Ávila editores, Caracas, 1973) expresa que los babukenas pertenecen al grupo aruako ya que otros pueblos de esta zona llevan la voz "ena" o "kena" en su gentilicio como los Umuquenas, Babuquenas, Caricuenas, Babiriquenas, entre otros.
Muy pocos apuestan que los babukenos posean conexión con la etnia Caribe o (Karibe), pero por ser este un pueblo que comerciaba con aborigenes de la costa de Maracaibo es factible que hubiesen transportado el termino "Babú" de es este contexto, ya que en esta lengua existe la raíz Bab para designar palabras cercanas al agua o estado líquido, como: Babaya (Lechosa) o Babemura aeu (Animalejos de agua). No podemos descartar este origen ya que la palabra Babú no es aruaka, pues en aruako es el termino "chi" para designar agua y en este contexto encontramos el "Guachi" o "Guache" (Perro de agua, especie de nutria).
Otra hipótesis, por la que nos inclinamos desde el punto de vista de pueblos originarios es la existencia entre los chibchas de una diosa llamada "Bachue" o "Bachu". Y el nombre de "Bachu" pudo tergiversar en "Babú", ya que ambas deidades están relacionadas con el agua.
Bachu era una deidad chibcha de las aguas y del cultivo, como Babú, salvo que la Bachue chibcha toma la forma de una mujer serpiente.


Babú o Bachu, ambas deidades de las aguas en tiempos prehispánicos.-

El termino "Bachu" debió ingresar a la lengua Mucu y esta llevada a tierra de los babukenos, donde existe el termino Guata, que derivó de las palabras mucu; "Cuat" o "Cuata".


Bachu o Babú, diosa de las aguas.-

Se tiene conocimiento que los babukenos rendían culto especial a la diosa serpiente "Aviofá", como se ha logrado observar en piedras con petroglifos de este animal el lado de las vegas del río Bobo, que hace referencia según los aldeanos a una serpiente de la zona conocida como "Culebra de agua", que no es otra que la Anaconda (Eunetes murimus). En el sitio donde hoy está situada la aldea San Rafael que colinda con el sector La Guakamaya del municipio Sucre, capital; Kenikea existió una piedra conocida como la "piedra de las serpientes".


La diosa Aviofá, es una mujer cuya piel asemeja a la Anaconda.-


La "Boa" o "Anaconda" surcó el río Bobo en los alrededores de la aldea San Rafael.


En la aldea San Rafael existieron petroglifos con serpientes como imágenes.- 

Y en mis ultimas indagaciones, nos hemos encontrado con la incursión del vasco Iñigo de Vasconia en 1532 en tierras tachirenses por la zona norte, zona según Miguel Acosta Saignes se refiere a la de los Pemones (Karibes occidentales) y que queda claro en las investigaciones del Hermano Nectario María (Los orígenes de Maracaibo, 1977: 177) al expresar que en el regreso a Coro de la expedición de Ambrosio Alfinger "penetraron en los pueblos de los indios pemones". Y si como hemos expuesto la raíz "Bab" es de origen karibe, no hay nada extraño que "Babú" sea una palabra karibe. De esta excursión sólo sobrevivió el español Francisco Martín. Esta zona de los pemones tachirense estaría conformado según Saignes por el territorio que hoy ocupa los municipios García de Hevia, Antonio Rómulo Costa, Panamericano, Samuel Darío Maldonado y San Judas Tadeo, cuya capital es Umuquena. Según Lucas Castillo Lara en su libro Elementos historiales del San Cristóbal Colonial (Caracas, 1987) ellos fueron los primeros españoles que estuvieron en las cercanías del norte del Táchira. Según Castillo Lara ellos dieron "vueltas y revueltas por entre aquella tupida región selvática de ciénagas y pantanos". Esta zona se transformó en su pesadilla según el testimonio recogido luego por Esteban Martín (Declaración de una lengua, folio 3. Archivo General de Indias. Audiencia de Santo Domingo, 206). 
En lo que hoy es el páramo de La Cimarronera al lado de las lagunas existe un sitio conocido como la ciénega y un viejo camino que te puede llevar hacia Mérida, pues Fray Pedro Simón en Noticias Historiales de Venezuela, Caracas, 1963 expresa varios soldados de Iñigo de Vasconia, enfermos y famélicos fueron a dar en un río, ese río debió ser el de Chama.
Este último recorrido lo hacemos, pues el final de Iñigo de Vasconia es incierto y en las Crónicas de Indias y otros documentos paralelos aún no ha aparecido el termino Babukena como una etnia aborigen de la zona donde esta hoy San José de Bolívar, hace mención que en ese valle estaba el pueblo de Sunesua (Lucas Castillo Lara dice que este termino se asemeja a Sumusica). Por lo que cabe la posibilidad que Iñigo de Vasconia terminase en estas tierras agrestes y el sonido aborigen dado a esta zona fuera algo similar a su lengua euskera, ya que Babukena tiene semejanza a los términos vascos:

Baur: Agua de río.
Ena: La casa de.

Por lo que en vasco Baur(k)ena traduce "La casa de agua" o "La casa del río". Pero parece ser que la terminación "Ena" o "Enea" tambien refiere a "Lugar de" o "Sitio de"; "Lugar perteneciente a" o "Sitio perteneciente a", por lo que Baur(k)ena podría traducirse del vasco como:

Lugar perteneciente a las aguas.

Sitio de las aguas.

En vasco también existe un termino que se acerca a "Bachu" y nos referimos a "Bakú", como "lugar de reunión", y la expresión:

Baku ur (Lugar de reunión entre los ríos).-

Y sin ir muy lejos, la palabra Kenike, proveniente de Kenikea, tiene en vasco el acercamiento en "Tenike" (Piedra).
También en vasco antiguo leemos: Ibai/bai:Río y Ena: Hijo de... por lo que Ibai(k)ena traduciría algo como "Hijos del río".
O el termino "Uri bai ta" que traduce "Villa y río" y se asemeja al termino Uribante.
Se que es imposible probar la llegada de Iñigo de Vasconia a esta zona y poder explicar el origen del termino Babukena, que hoy día tiene tantas explicaciones, dejamos esta nueva teoría para debatir o para seguir soñando que estamos cerca de encontrar un documento que no los aclare a profundidad.


Bachue, deidad chibcha (Muisca) que puede ser el origen del nombre Babú.-

miércoles, 21 de junio de 2017

EL PERRO NEGRO DE RÍO AZUL

Por: Salvano Francisconi


Escribir sobre el miedo es fácil, pues el miedo ha estado con nosotros siempre. ¡Claro está que dichas historias ya no se oyen y no hay quien crea en ellas, pues datan de tiempos muy antiguos! 
Hace años visité Laguna de García, en un sitio que recibía el nombre de Puerta Morocha. Allí llegué a la casa de los Márquez  donde vivía Felicita, Leonardo y Benito Márquez, ellos eran productores de habas. Eran gente muy pobre, dormían en cueros y esteras. Yo había llevado mi cobija pues era una zona muy fría. Era la casa de los Márquez una casona grande, inmensa, de corredores.
Laguna de García, no obstante ser una región de singular belleza, no atraía casi visitantes, pues sus moradores eran gente desconfiada creando un tipo racial propio, con estigmas físicos y mentales de degeneración y endogamia, pues se decía que al no permitir gente de afuera había mucho incesto entre ellos.
Otros decían que esa zona tenía un apestoso tufo a perversidad y a asesinatos y se decía mantenían un ritual a un ídolo de piedra relacionado al Diablo.
No puedo asegurar lo que se decía de esta zona, acepte la posada de los Márquez. Al otro día Benigno se fue a La Grita, coincidía mi visita con su partida, luego Benigno se radicaría por siempre en aquella ciudad entregado de lleno al culto del Santo Cristo.
En esas noches de estadía coincidí con Jesús Peñaloza, primo de Emilio y Altagracia Peñaloza radicados en Río Bobo. Jesús vivía en Peña Blanca con sus hijos Antonio, Leandro y Samuel. Ellos me relataron que estaban detrás de un depredador que les había matado una vaquita. Ese día compartí un calentado con aquellos parientes pues mi madre era Carmela Peñaloza. Hablamos de los antepasados, de cosas viejas, recordamos a tío Efraím, a tía Gregoria casada con Tobías Roa, padres de Pío y el loco Carlos. De la belleza de Ninfa Peñaloza, abuela de Victoria y Benigno Márquez allá en Río Bobo. Benigno era padre de Antonio Márquez y Pío Márquez. 
A eso de medianoche escuchamos los aullidos de un perro, salimos al corredor y en la lejanía vimos lo que pareció un perro negro y de sus ojos brotaban carbones encendidos. Por los tragos en la cabeza pensamos que todo era efecto de la noche.
Al otro día debía ir a San José de Bolívar por lo que Leonardo me invitó a que lo acompañare por la selva hasta Río Azul y que de allí subiéramos a San José donde él debía llevar un bulto de habas. 
El viaje a Río Azul fue todo una travesía y nuestras mulas casi ruedan en un barranco. La visita a Río Azul tenía dos intensiones para Leonardo, una entregar un bulto de habas y visitar al amor de su vida, a la india Concepción Aranda, conocida como Concha.
Cual sería nuestra sorpresa cuando aquella noche volvimos a escuchar los aullidos de un perro y más pavoroso para nosotros cuando percatamos que afuera de la casa estaba aquel perro demoniaco. 
"Ese es Mamelú" - dijo Concha mientras nos servía un plato de sanes con aguamiel.
"Es el perro del Diablo, transita por toda esta zona desde que mano Eustoquio quemó Pregonero".
Decían los rioazuleros que como los hombres de la Sagrada habían quemado una capilla en la zona con la imagen del crucificado adentro, aquella zona había perdido la protección de Dios, que por eso la gente acostumbraba a acostarse al deponerse el sol y mañanear bien tempranito para aprovechar al máximo el día.
En la sala que nos quedamos había un altar con muchos santos y estampitas de la virgen.
El perro seguía ladrando en el afuera, por lo que Concha tomó su santo Rosario y empezó a rezar y fue la única manera de que aquel engendro del mal nos dejara tranquilos.
Al otro día, muy temprano emprendimos el viaje a San José de Bolívar.