domingo, 14 de julio de 2019

EL CULTO A LOS MUERTOS EN SAN JOSÉ DE BOLÍVAR

Por: José Antonio Pulido Zambrano
Individuo de Número de la Academia de Historia del Táchira

El Cristo de los Tiempos - Cementerio de San José de Bolívar

Nada más fundado el pueblo aquel 15 de febrero de 1883, los vecinos - se señala en el Manuscrito de José Saturnino Peñaloza - procuraron establecer los terrenos apropiados para la iglesia, la plaza y el cementerio, para ello los pioneros de aquella empresa, todos radicados ya en tierras del antiguo Ríobobo acordaron la compra de  un terreno para el cementerio a los señores Jesús Vivas y Ramón Guerrero con su esposa María Agueda Vivas "midiendo cuarenta y un metros ochocientos milímetros cuadrados, dentro de estos linderos: frente con terreno de José Gregorio Pulido; y por fondo, costado derecho e izquierdo, con terreno del primer otorgante (Jesús Vivas), alinderados así ambos terrenos y el del cementerio con su entrada y salida por la calle que va directamente por el costado derecho y ambos con los usos, costumbres y servidumbres que les pertenezcan, declaramos ser propiedad indisputable de la Santa Yglesia de Ríobobo". (1) Este terreno junto a los de la iglesia y la plaza costaron a la comunidad 800 bolívares pagaderos a cinco años. (2).
De allí que la idea de cementerio nace a la par de la fundación del pueblo y la primera persona que fue enterrado allí fue el principal promotor y pionero de esta empresa fundacional como lo atestiguan los documentos antiguos, nos referimos a Don Ramón de Jesús Pulido Ramírez, entierro realizado el 4 de junio de 1884 por el presbítero Fernando María Contreras como aparece reflejado en el libro de defunciones de la parroquia Sucre, en este sentido expresó Horacio Moreno (1982: 259) lo siguiente: "Merece un grato recuerdo don Ramón Pulido, pues a sus esfuerzos y donaciones empezaron la fabrica de la iglesia, casa cural, cementerio, etc. Murió este honrado ciudadano sin haber terminado la iglesia y su casa de habitación. La bóveda que cubrió sus restos fue fabricada por el maestro Luis Barrios (Merideño), quien hacía los trabajos de construcción de la iglesia". (3). 

Tumba donde la tradición señala fue enterrado Don Ramón de Jesús Pulido 
y su constructor sería el maestro Luis Barrios.

Desde que tengo memoria, siempre visite el cementerio de mi pueblo, primero con la abuela María Isabel, quien procuraba que en la tumba del tío Baudilio de Jesús no faltara luz (velas o velones) y en el florero destinado para tal fin; flores frescas. En esas visitas me le escapaba a la abuela para visitar la tumba del abuelo José Antonio. Era un choque para mí en la mentalidad de un niño, aquel muerto llevaba mi nombre y sobre la lapida decía José Antonio Pulido. En esa misma tumba estaba la tía abuela Barbara, la costurera del pueblo hasta finales de la década de los sesenta. En esa misma tumba el abuelo había enterrado por años a sus hermanos y sus padres.

Lápida de la tumba del abuelo José Antonio Pulido.

Tumba de José Antonio Pulido Chaparro.

Luego, un día que era obligatorio ir al cementerio, era el Día de los Muertos, el 2 de noviembre. Ese día iba con la abuela, recuerdo que llevaba entre mis manos un tobo y un cepillo. Al llegar al cementerio la abuela me mandaba a llenar el tobo con agua y luego ella lo mezclaba con jabón para así lavar la tumba del tío Baudilio. Con un pequeño balustre que nos prestaba mi padre se deshiervaba los alrededores de la tumba y con pintura negra en aceite y un pincel remarcábamos el nombre del tío Baudilio de Jesús Zambrano, como una manera de no olvidar su existencia de la memoria y del tiempo. A diferencia de otras tumbas, la de mi tío no tenía una foto de él. Después de aquel trabajo de limpieza, la abuela cerraba sus ojos y rezaba algunas oraciones por el hijo ausente.

Otro día obligatorio para ir al camposanto era a un entierro de un muerto del pueblo. En la época de mi niñez el pueblo era más pequeño, todos nos conocíamos y cada difunto era parte del pueblo, la tristeza era de la comunidad, el sentimiento de dolor abrigaba a todos. La muerte de un riobobero se sentía en todos los hogares, el dolor se hacía colectivo. Era costumbre que el sacerdote llegara unos minutos antes de sacar el cadáver del hogar, hablaba con sus familiares, pedía a uno de sus monaguillos sus herramientas, se vestía para la ocasión, rezaba algunas oraciones, lanzaba agua bendita al lugar donde estaba el féretro. A continuación salía acompañado de los dos monaguillos, seguido del ataúd que era cargado por familiares y amigos y se proseguía la caminata por la calle principal del pueblo hasta llegar al templo parroquial.

Al llegar frente a la iglesia, el sacerdote entra de primero seguido por la nave central del ataúd con el cuerpo del difunto. El sacerdote pide que se cierre el ataúd, no es permitido que este abierto en ese lugar sagrado. Junto al féretro se coloca un cirio pascual, símbolo cristiano que recuerda la unión entre esa muerte y la muerte y resurrección de Jesús, el Cristo. Encima del ataúd se coloca un cruz realizada de flores. El cuerpo siempre se coloca frente al altar, si es un laico se pone con los pies lo más cerca del altar; y si se trata de un sacerdote, es todo lo contrario, la cabeza del cadáver cerca del altar, es decir en la posición en la que estuvo en celebración litúrgica en vida.

La iglesia empieza a colmar de una atmósfera pesada, son cantos tristes, reflexiones sobre la vida y la muerte:

"Hermanos, con la certeza que nos da la fe y con la esperanza de la Vida Eterna, encomendemos a la infinita misericordia de Dios a nuestro (a) hermano (a) que se ha dormido en la paz de Cristo".

Se empiezan a notar lágrimas en la distancia, el llanto más cercano es el de los allegados. Terminado el ritual de exequias el presbítero canta:

¡Quien cree en ti señor, no morirá para siempre!
Dichosos los difuntos que mueren en el señor.
El señor los guiara a las fuentes de agua viva,
y enjugará toda lágrima de sus ojos.
si morimos con Cristo, con él también viviremos.
Yo sé que mi redentor vive,
y el último día resucitaré de la tierra.
Al cual yo mismo he de ver y no otro,
y mis ojos le mirarán.
El salario del pecado es la muerte,
pero el don de Dios es la vida eterna
en nuestro Señor Jesucristo.

De seguida el sacerdote baja del altar y rosea el féretro con agua bendita y los familiares toman los restos de aquel que días antes estaba vivo y con el sacerdote de nuevo delante de aquella caminara fúnebre, como un Caronte andino lleva el cuerpo del difunto a su morada final; el Cementerio.

La entrada al cementerio de San José de Bolívar en la actualidad.

De niño uno poco sentía la tristeza de la muerte en el cementerio, el silencio sepulcral aún no nos abrazaba a esa edad. ¡Temor a los muertos! Eso sí, le tenía pavor ver un cadáver. El primer muerto que toque fue casualmente a la abuela, con ella perdí el temor a los muertos. De niño uno poco entendía la resignación a la ausencia del ser querido. Para los niños del pueblo, el cementerio era un laberinto de cruces y tumbas, y de allí que con entusiasmo y felicidad los infantes empezaban a correr por encima de aquellas tumbas desordenadas, acumuladas a través del tiempo sin ningún temor ni angustia. Los mayores nos decían que no brincáramos "encima de los muertos", que eso era "pecado de Dios". Recuerdo que la tumba que más me producía misterio era la "Tumba Desconocida" o ir a la pared del final del cementerio a ver restos de urnas desperdigados que iban quedando montadas unas sobre otras en un bosque macabro.


Siempre había un resquemor de llenarnos los zapatos de tierra de cementerio, más que tierra, barro. Pues el terreno donde se levantó el camposanto en si era un lugar gredoso, fangoso, húmedo, de allí que muchas tumbas que se habrían con el tiempo para retirar los restos y llevarlos al osario común y enterrar a otro riobobero, se encontraban los que abrían la tumba que la misma estaba anegada de lodo y agua.

De todo el cementerio a mi me agradaba las tumbas del ajedrez, como en mi mente de niño las llamaba para esa época. Mi padre me decía: ¡Esas son las tumbas que hacía Don Nicolás Rosales! Eran tumbas hechas con un mosaico muy bello (o lozas) a dos colores. A diferencia de otras tumbas envueltas en puro cemento que mostraban la condición social del difunto riobobero. El cementerio a su manera también estratificaba a sus muertos. En el centro del cementerio estaba el imponente mausoleo de la familia Zambrano, que había mandado a hacer don Teodulo Zambrano para enterrar a sus señores padres.

Tumbas realizadas a mediados de los años cincuenta por don Nicolás Rosales.

Tumba realizada por don Nicolás Rosales.

Tumba realizada por don Nicolás Rosales.

Al recorrer el cementerio uno empezaba a observar también la variación arquitectónica de los diferentes mausoleos, así como también ver una simple cruz de madera sobre la tierra al final del camposanto. Sí uno preguntaba: ¿Quién está enterrado allí? La respuesta de los mayores era simple y fría: "Un sin nadie".
Como todo cementerio, existían tumbas que tenían su historia, como el de "La Virgen de los Romero" (esta tumba ya no existe), la "Tumba Desconocida" (de la que ya hicimos referencia), la del "Angelito", "El Capitolio", "Cruz de hierro", "El Monolito", "El Cristo sin tiempo", la de don Luis Duque, entre otras.

La tumba del Angelito.

El Capitolio.

Cruz de hierro.

El Monolito.

La tumba desconocida.

Si algo se tenía claro de niño era que los fantasmas de los antepasados vivían y caminaban con nosotros mientras no se les olvidara. Por algo el primo Ramón Márquez, profesor de la Universidad de Los Andes en Mérida señala que: "San José de Bolívar es el Comala de mi infancia, y porque no decirlo el de mi vejez. Cada vez que regreso, es un volver para conversar con los muertos, y no con un muerto cualquiera, sino con mis muertos".
La convivencia con los espíritus del más allá era (y es) una relación de familia, de alegría, pero para muchos rioboberos se podía tornar peligrosa y esquiva si no se respetaba a los muertos, por ello, los habitantes de San José de Bolívar (sobre todo los nativos) acostumbran como se hace desde antaño mandar a hacerle misas. El primer paso cuando hay un difunto en el hogar riobobero es la preparación de los novenarios (que no sólo es oración, es camaradería, es comida, es licor, es chiste, es encuentro), el responso al finado y en días de Semana Santa el réquiem por las Ánimas del Purgatorio.
Antaño en mi pueblo existía la creencia que el Jueves Santo salían a las calles todas las Ánimas del cementerio y a medianoche se dirigían al templo parroquial a rezar hasta entrado el amanecer, quienes relataban este hecho - entre ellos mi abuela - decían que aquellos que escucharon esta misa de las ánimas la describían como un murmullo de oraciones: "Ruega por ella, ruega por nosotros...".
Otra costumbre en el poblado era el de procurar no colocar las camas en la posición que eran enterrados los muertos, en este caso - para hacernos entender -, la cabeza del difunto quedaba de espaldas al río Bobo que transita el terreno de Queniquea conocido como "Río Arriba".
Otro de los datos recabados para este escrito, es que el primer cementerio de la zona fue un cementerio aborigen y estuvo ubicado donde hoy queda el templo parroquial - este hecho salió a la luz en el año de 1929 cuando se socavaron dos pilares en la iglesia y en ese acontecimiento expresa Moreno que "el maestro constructor Bernabe Vivas y los señores Juan y Domingo Pulido empezaron a buscar el origen del hundimiento, todo se debió a dos pilares o columnas que cedieron al peso del techo, pues habían sido levantadas sobre una bóveda funeraria indígena" (4).

Cementerio de San José de Bolívar

Pareciera que en la creencia del riobobero, los muertos aún deambulan las calles del pueblo durante el tiempo del "duelo", del luto familiar, que sólo culmina con los novenarios del año. Es costumbre por lo tanto cambiar las cosas del difunto de puesto, para que - según la creencia - el muerto acepte que ya no pertenece al mundo de los vivos, el hacerle ver que esta en "otro plano astral".
En el pueblo se tiene cierta consideración por aquellas muertes inducidas (ahorcados, envenenados, suicidas). Pareciera ser que la mentalidad religiosa del riobobero, a este tipo de muerte conlleva un tránsito más difícil para alcanzar la gracia de Dios, de allí que a estos tipos de difuntos se les entierre de otra manera. Estos tipos de muerto necesitan de más oración y penitencia.
El día de los muertos parece delimitarse a la visita del cementerio a visitar a sus ancestros, llevarles flores a su tumba, orar y recordar sus anécdotas. San José de Bolívar desde su fundación valoró el respeto y el culto a los muertos, los velorios tanto de adultos como de infantes es todo un suceso. A estos últimos se les llama "Velorio de angelito", pues al niño o niña que muere se le coloca a sus espaldas unas alas que emulan un ángel, a este respecto la insigne maestra Ana Manuela Paz en entrevista al profesor Horacio Moreno (1982: 212-213) señaló lo siguiente:

La muerte de un niño en cualquier hogar parece causa de alegría el momento del deceso.
Los músicos no se hacen esperar, sus instrumentos de cuerda, maracas y charrascas envían las notas melodiosas en coplas sentidas, dolientes y alegres, décimas improvisadas en un ambiente festivo que dura hasta tres días, durante los cuales se preparan grandes "comilonas". Hay quienes sacrifican reses, cochinos o gallinas para satisfacer el apetito de los asistentes al velorio.
El miche "calentao" y la miel de abejas o "cachicamo" que es más barato, hacen las delicias de los trasnochadores.  

En cuanto al velorio de los adultos es más sobrio, domina el color negro en el vestido de los asistentes, una persona se sienta al frente del féretro a leer letanías o entonar cantos tristes, melodías dolorosas, así como los rosarios que acompañan en coro a los que se acercan al ritual de la muerte. El rosario hace polifónico las oraciones para pedir por el alma del difunto.

Muchas cruces van quedando apiladas en el tiempo...

En cuanto al cadáver, su preparación es todo un ritual dentro del inconsciente colectivo del riobobero. A la hora del deceso, se manda a salir a todo mundo del lugar del hecho y se procede, los familiares más cercanos a bañar al difunto, se le colocan ungüentos que destilan olores agradables para tapar el proceso de pudrición y corrupción del cuerpo. Por lo general alguien de la comunidad inyecta al cuerpo el formol. A continuación se viste y encima se le coloca una especie de túnica llamada "mortaja" acompañada de un cordón de tres nudos. En las manos del difunto se coloca un rosario y una cruz.



Origen de los datos:
1.- Registro Principal de San Cristóbal. Sección Jauregui. Protocolo N° 1. 3er Trimestre. Año 1888. Distrito Guzmán Blanco. Serie numérica catorce.
2.- Ídem.
3.- Horacio Moreno. (1982). Monografía de San José de Bolívar. Canal Ramírez - Antares. Bogotá.
4.- Ídem. Pág. 230.  

jueves, 11 de julio de 2019

SAN ISIDRO LABRADOR: EL SANTO PATRÓN DE LA COLORADA

Por: Mgs. José Antonio Pulido Zambrano
Individuo de Número de la Academia de la Historia del Táchira

A finales del siglo XIX, la aldea La Colorada tuvo un Santo Patrón en una pequeña capilla realizada por los vecinos del lugar, encabezado dicha empresa por el italiano Miguel Francisconi, creador de la talla en yeso del santo protector de los campesinos.
El culto a San Isidro es antiguo, pero al parecer a la zona, la primera huella religiosa para celebrar este acto fue en estos parajes de esta bella aldea, hoy perteneciente al municipio Francisco de Miranda, capital: San José de Bolívar.
No hay una constancia escrita de que se diera una Ermita en esas tierras, de por si llenas de soledad y angustia en aquellas ultimas décadas del siglo XIX, en la que la Sección Táchira pertenecía al nominado Grande Estado Los Andes, proyecto de nación instaurado por Guzmán Blanco. Para este tiempo San José de Bolívar pertenecía al Distrito Crespo, capital La Grita.
La imagen a la que hacemos referencia mide unos 30 cms de largo por 15 de ancho, y se encuentra en custodia del señor Enrique Chacón.
Las imágenes que presentamos a continuación han tenido su restauración para mostrar la imagen en su aspecto original, ya que la misma presenta signos de destrucción por el pasar de los años y debiera la misma ya tener una restauración, porque no todo lo que se desmorona es Historia, es Historia si se preserva para las generaciones del futuro.

San Isidro Labrador realizado por Miguel Francisconi a finales del siglo XIX
(Foto: Archivo de la Fundación Pulido).


domingo, 21 de octubre de 2018

EL EVANGELIO DEL CAMPO SEGÚN PABLO BELANDRIA

Por: Mgs. José Antonio Pulido Zambrano
Individuo de Número de la Academia de Historia del Táchira

Med. Vet. Pablo José Belandria Soto.

Sus padres iban cada vez que podían a San José de Bolívar, por las fiestas decembrinas o en el mes de marzo. Maximino Belandria tenía una conexión con ese pueblo, pues uno de sus ancestros, había pasado por aquel pueblo cuando era aldea venido de La Grita. Así se esparcieron los Belandria por aquel valle.
De niño, Pablo - el protagonista de esta historia - se preguntaba que había más allá del caserío donde él con sus hermanos departían las diversas actividades del campo. Pablo era un niño soñador, era un utópico. criado en valores cristianos nunca le deseo el mal a nadie.
La aldea de Río Azul - la más idílica como señalan nuestros primeros cronistas -, era la más distante, quizá era más fácil ir a Pregonero, Fundación y La Florida, que ir a San José de Bolívar. Pero como decía el abuelo de Pablo, "Río Bobo era Río Bobo, y lo demás era cuento".
Maximino Belandria había plantado raíces en la aldea de Río Azul, los ojos de una morena clara: Eudina Soto le había dado el amor que Dios ofrece a los hombres que van por buen camino. Ambos labriegos campesinos forjaron un hogar con el calor del fogón y el arduo trabajo del campo.
Maximino y Eudina siempre creyeron que el campo lo ofrecía todo, pero que sus hijos debían ir a la Escuela; "aprender a leer y escribir es muy bonito, eso sirve para la vida y nos hace ver el campo desde otra mirada, una mirada más amplia para sembrar la tierra".

La pasión de Pablo Belandria fue su amor por el campo.

Un día en el mes de las flores, en el mes de la virgen, un 12 de mayo de 1988, nació un niño en ese hogar campesino al cual le dieron el nombre simbólico de Pablo José. Este niño había nacido en el contexto de aquella campaña electoral de "el gocho para el ochenta y ocho". Ese año llegaría por segunda vez a la presidencia de la República el andino Carlos Andrés Pérez. Maximino tomó el niño en sus brazos y le dijo con cariño a Eudina: "Este niño tiene cara que va ser Presidente de la República".

Muchas veces Pablo José Belandria mirando el río de su aldea veía que el horizonte de Venezuela era hermoso, siempre fue un ferviente amante de lo nuestro, "el país tiene conque" - solía decir en sus conversaciones. 

El destino de Pablo Belandria, decía él estuvo siempre ligado a Acción Democrática.

Pablo tuvo otros hermanos: Javier, Maritza, Úlises, Freddy, Dimna, Alicia, Orangel, Nelson, Adrián, Ramón, Elvidio, Maximino y María. En lo particular, en mi época de liceísta recuerdo a dos: Úlises y Maritza. Fueron los años de principio de la década de los noventa cuando llegó por decirlo así el primer riobobero que venía estudiar al liceo del pueblo, el personaje en cuestión: Gilberto Bustamante. 
Gilberto Bustamante le abriría el camino y los ánimos a otros niños de aquella aldea a venir a San José de Bolívar a cursar estudios de bachillerato. Recuerdo que Maritza llegó a la casa del señor Freddy Peñaloza, un ferviente admirador de Carlos Andrés Pérez y las lineas de Acción Democrática.

Pablo Belandria como un amante del campo era un aficionado por los animales.

Cuando Pablo cumplió doce años vino a estudiar a San José de Bolívar, estaba Venezuela entrando en un periodo político distinto con la llegada de un exmilitar al poder; Hugo Chávez. LLegó Pablo al pueblo en esa edad en que uno deja de ver el mundo en los colores de la infancia y observa una realidad diferente. Pablo estudiaría de 1º a 3º año de Bachillerato en la E.T.A. San José de Bolívar. En este periodo, quienes lo recuerdan era un aficionado al fútbol, pero nunca olvidaba sus orígenes: el campo.

Pablo Belandria se enamoró del mundo de las vacas lecheras en San José de Bolívar.

Esos avatares del destino lo llevan luego a ingresar su bachillerato en la ciudad de Barinas, un estado diferente al andino, pero también un lugar donde el ganado vacuno y equino estaba por doquier. Va observando Pablo en este transitar que Venezuela empieza a cambiar, en Barinas, más que en ningún otro estado se le empieza a rendir culto al hijo de esa tierra y las vallas del presidente Hugo Chávez se vuelve en algo cotidiano en su estadía llanera. Pero Pablo, de raíces cristianas y con un sentido democrático no comulga con las ideas del hijo de Sabaneta. Empieza a germinar en él la semilla de lo político.

En Barinas Pablo Belandria sabe que su profesión es la de ser Médico Veterinario.

En el contexto barines Pablo sabe que la carrera que debe estudiar es la de Médico Veterinario. Recuerda algunas charlas lejanas en Río Azul entre familiares: "Mire que carrera más bonita estudio el hijo de Don Segundo, eso de curar animales es muy bueno". Hacían referencia al Médico Veterinario Lubín Pulido, primer riobobero que ejercía esta profesión en su pueblo. Pablo muchas veces había conversado con Lubin sobre el futuro del campo. Es así como toma la decisión y viaja a Falcón donde concreta estudios universitarios en el área de la medicina veterinaria y logra graduarse en este campo.
Pablo se gradúa, pero en su transito universitario se conecta con los centros de estudiantes universitarios en el contexto político, ya no era un secreto; Venezuela iba por mal rumbo con la propuesta de un "Socialismo del siglo XXI". La generación de Pablo ve con tristeza que se les empieza a cerrar las puertas para un país distinto y optan por unirse a una oposición al gobierno con nuevas propuestas, pero este país - a pesar de lo que se ha vivido -, los más viejos quieren morir en los centros del poder, tanto líderes de izquierda como de derecha. Aun así Pablo apuesta por abrirse un liderazgo y por una forma distinta de ver la política. Su nombre empieza a sonar como candidato fuerte a la Alcaldía del municipio Francisco de Miranda.

Desde la juventud de Acción Democrática el nombre de Pablo Belandria se solidifica.

Pablo Belandria en su programa radial "El Productor por los senderos del Agro"- Bolívar 98.7 FM

Son tiempos convulsivos los que vive el país, por no decirlo el pueblo. Son tiempos de marchas, de tomas calles, de llevar la gorra tricolor para pedir cambios, cordura, tolerancia. Pero el país es sordo a las voces de los más jóvenes.

Pablo Belandria fue testigo de como Venezuela empezó a cambiar.

Pablo Belandria empieza a mostrarse como un líder juvenil y carismático.

La gente del pueblo que había perdido la credibilidad, por la nefasta conducción de la Alcaldía, ve en pueblo un joven que puede sacarlo del letargo. Pero la mirada de Pablo es más amplia, en estos andares nos conocimos más a profundidad; "José Antonio, no se puede cambiar al pueblo si no se cambia al gobierno e su manera total, la gente quiere que yo sea Alcalde, pero creo que mi visión esta más allá. Aunque no cierro esa posibilidad".
San Cristóbal, uno de los bastiones de la oposición se transforma en un lugar de marchas y contramarchas. El lado oscuro de la antipolítica empieza a desmoronar a la otrora ciudad dela cordialidad. En estos eventos se da los de las llamadas "guarimbas" - algo que no tenía sentido, pero que sociedad vio en ese momento como una solución". Fueron dos meses de reclusión, de una ciudad sitiada en lo interno. Pablo nunca apostó por este camino, él como demócrata cabal creía que la solución estaba en hacer elecciones, "pero unas elecciones libres, con otro arbitro, de ser así, la ciudadanía nos dará la confianza, este país lo van a recuperar son los jóvenes".

La calle fue uno de los escenarios para la lucha política de Pablo Belandria.

Pablo Belandria apostaba por cambios en el país. En este sentido declina su candidatura a la Alcaldía de San José de Bolívar y entra de llenó a la campaña de la gobernación del estado Táchira con su compañera de la tolda blanca; Laidy Gómez.

Laidy Gómez y Pablo Belandria.

Campaña publicitaria por Laidy Gómez como Gobernadora del Táchira.

En el campo político Pablo Belandria busco codearse con los grandes líderes del partido Acción Democrática quienes vieron en él uno de sus futuros baluartes.

Pablo Belandria con Henry Ramos Allup.

Pablo Belandria con el líder campesino Ezequiel Pérez.

Al llegar a la gobernación del estado Táchira; Laidy Gómez, Pablo Belandria es llamado a conformar su equipo político como Presidente del Instituto Autónomo de Producción Rural del Estado Táchira (IAPRET).

Pablo Belandria, uno de los jovenes en quien más confiaba la gobernadora Laidy Gómez.

Pablo Belandria como Presidente de IAPRET.

La voz de Pablo Belandria en la conciencia de recuperar Venezuela a través del campo.

Estando desempeñándose como Presidente del IAPRET, en un viaje de regreso de la capital, se produjo una colisión entre dos camionetas, una de ella modelo Tacoma perteneciente a la Dirección Estadal de Protección Civil y la otra conducida por un particular, en este accidente murió de manera trágica el hermano Pablo Belandria, este hecho sucedió el 20 de junio del 2018.
En el diptico entregado por la Gobernación del Estado Táchira quedaron las siguientes palabras: "Pablo, joven promesa del trabajo en el campo y de respeto por la producción nacional, nos ha dejado fisicamente pero su espíritu de lucha y amor por esta tierra será el legado para las nuevas generaciones y su lema el futuro esta en el campo será promovido como fuerza institucional de lo que él tanto defendió".

Pablo José Belandria Soto

Sus restos fueron llevados a la aldea Fundación por indicación de sus padres. El día que llegó el féretro a la Residencia de Gobernadores, sus compañeros de IAPRET me pidieron unas palabras a Pablo, las cuales serían integradas a otras hechas por ellas, al escribir este artículo, el borrador de las mismas salieron en mi Archivo, las transcribo como un homenaje a nuestro hermano del campo; Pablo Belandria.

Hoy la aldea se curte de melancolía. El campo florido lo inundó la lluvia de la tristeza. Los pastizales verdes dieron paso a un verano inesperado. Cuando un hijo campesino muere, llora la tierra. Llora la tierra. Hoy te has ido hermano Pablo a divisar ese río azul en el cielo, homónimo al de tu caserío. Hoy las granjas del altísimo están alegres pues un amante a lo campestre las visita. Hoy tu voz pausada, tu voz y manos campesinas nos recuerda nuestro trajinar camino. Las laderas, el conuco, el potrero se llena de silencio, el golpeteo del agua se hace susurro...

martes, 6 de febrero de 2018

LUISA ELENA CONTRERAS MATTERA APRENDIÓ A VOLAR

Por: José Antonio Pulido Zambrano
Individuo de Número de la Academia de Historia del Táchira

"A la abuela Ana Francisconi por compartir conmigo
los recuerdos de su niñez".-

Queniquea en la década de los años veinte del siglo XX.-

Hoy voy a compartir con ustedes la historia de una niña de Queniquea cuya ilusión fue aprender a volar y cumplió sus sueños al hacerse la primera mujer piloto acrobática de Venezuela. Esta historia la escuche por primera vez en los relatos de la abuela Ana Francisconi, oriunda del poblado de Queniquea.
A Queniquea a finales del siglo XIX habían llegado varias familias de ascendencia italiana: Francisconi, Benedetti, Mattera. Estas familias trajeron con ellos nuevas formas de ver el mundo, habían llegado al poblado por el comercio del café que se daba en la zona. Los Francisconi se asentaron en el pueblo cercano del Ríobobo (Hoy San José de Bolívar).

Familia Contreras Mattera.-

El 02 de diciembre de 1922 nacía en el poblado de Queniquea una hermosa niña al cual el padre José Ignacio Moncada bautizaría con el nombre de Luisa Elena, hija de José Custodio Contreras y Rosa Mattera (una italiana nacida a finales del siglo XIX en Nápoles), de este matrimonio recuerda la abuela Ana serían también hijos: Domingo, Elías, Miguel, Olga, María Auxiliadora y Mercedes.
Estudio en la Escuela de la maestra María Arias. "Era una mujer muy hermosa" - recuerda la abuela Ana. Los Contreras Mattera tenían una casa cerca de la Casona del Correo Publico.

Escuela de niñas de Queniquea con la maestra María Arias.-

De niña como ocurre con todos tenía sus sueños y uno de ellos era volar, quizá su madre Rosita - como le decían - le habría hablado de los inventos de Leonardo Davinci y esa sangre italiana por surcar los cielos era mítica.

Ana Francisconi Ramírez.-

Jamás pensó Ana que una de sus amigas de la infancia lograría alcanzar su sueño. Lo cierto es que un día Don Custodio tomó la decisión de emigrar a Caracas, Venezuela en 1936 habría nuevas perspectivas con un queniqueo en la silla presidencial.
No tiene claro la abuela Ana cuando partieron los Contreras Mattera, quizá se dio cuenta de ello cuando la Casona de Doña rosita empezó a ser devorada por el monte y la soledad.

Luisa Elena Contreras Mattera.-

En la capital siguió sus estudios y en 1937 motivada por su hermano Elías Contreras Mattera, quien era piloto de la aviación militar y pionero de la aviación en Venezuela e instructor de vuelo ingresa Luisa Elena a la Escuela Miguel Rodríguez. 

Elías Contreras Mattera.-
  
Luisa sufrirá un accidente en Palo Negro - Maracay, quedando en dicha tragedia al borde de la muerte, pasó tres días en coma y tres meses de recuperación en el hospital con una serie de politraumatismos y fracturas en todo el cuerpo. Después del accidente Luisa Elena regresa a la Escuela y se gradúa de Piloto Civil el 1 de julio de 1943. Hizo el solo de vuelo en cuatro horas. Tuvo como maestros a los militares de la aviación venezolana. Una triste noticia que la lleva a consolidar su meta es la muerte prematura de Elías en un accidente aéreo cuando apenas contaba con 21 años.

Luisa Elena Contreras Mattera en la escuela de aviación de Maracay.

Luisa Elena Contreras Mattera

Luisa Elena Contreras Mattera.-

Antes de Luisa Elena, ya se habían graduado dos venezolanas, pero se diferenciaba de luisa Elena, porque estas se habían graduado en el exterior; Marie Calcaño en Estados Unidos y luego en Ana Branger en Francia.

Ana Branger y Luisa Elena Contreras Mattera.-

Murió en Caracas el 26 de septiembre del 2016.-

lunes, 5 de febrero de 2018

DOÑA MARÍA MÉNDEZ, LA PARTERA DEL PUEBLO SAN JOSÉ DE BOLÍVAR

Por: José Antonio Pulido Zambrano
Individuo de Número de la Academia de Historia del Táchira


"A mi hermano Pedro, con el amor de hermanos que nos caracteriza"..

Doña María Méndez, la partera del pueblo (Foto Archivo Fundación Pulido).-

Mi niñez, fue una niñez de fantasía comparada con estos tiempos de Facebook. Fue una niñez llena de sorpresas y de abundante asombro. Una niñez llena de personajes un tanto mágicos, uno de ellos que hoy viene a mi memoria es Doña María Méndez o sólo "Doña María, la partera del pueblo".
Hoy día el oficio de "partera" esta en desuso u olvidado - por decirlo de alguna manera -. 
En mi casa, fue mi hermano Pedro el que había venido al mundo de las manos de una "partera", era el único que había nacido en el calor del hogar, esa es la característica de los que vienen al mundo a través de las artes de una parturienta en tener como lugar de nacimiento a su hijo en la casa de habitación.

La última vez que vi a Doña María fue en el ocaso de su vida, cuando la vejez se torna en soledad y llena de sombras, cuando los cuerpos empiezan a desmoronarse como una vieja pared de barro antes las inclemencias de la naturaleza.
Aquella tarde entre a la habitación de Doña María, un cuarto entre penumbras y allí vi lo decrepito que es el tiempo con nosotros, con los cuerpos tocados por la muerte desde su mismo nacimiento. Fue una tarde triste como las palabras tristes de quien esta cansado de vivir.
Doña María me dijo que "eso de llegar a viejo, tirado en una cama, era muy bravo".
En la cama donde pasaba los últimos días de su vida, quizá era la misma cama donde había dormido - decía ella en su soliloquio -, "donde había dormido por más de medio siglo".
Una de sus hijas me trajo una aguamiel y le dijo: "- Mamá, el es José Antonio, él es el hijo de Pedro Pulido, viene para que le cuente de los tiempos cuando usted era partera".

A Doña María poco le gustaba hablar de su "don", de los tiempos que había sido "partera", cuando en el pueblo y las aldeas cercanas no tenía médico para atender a las embarazadas.
Doña María me dijo: "- José Antonio Pulido, el de Los Paujiles".
En ese momento como ocurre con los más ancianos me confundió con el abuelo y empezó a hablarme del pasado y preguntarme por gente que ya había muerto, ella trajo a colación cuando trabajo en la casa de Don Juan Pulido "haciendo comida para peones". Yo le dije que era el nieto de aquel otro José Antonio del que ella en ese momento hablaba. 

Dos nietos se han acercado a la abuela, son Ender y Richard, sentándose junto a la cama de Doña María. Allí por un instante compartimos - aparte del aguamiel -, el sublime silencio que se deja destilar ante la presencia de una persona con muchos años encima, un silencio extraño de una tarde cuando se empezaba a ir lo que quedaba de día.

Doña María Méndez, la partera del pueblo (Foto Archivo Fundación Pulido).-

De un momento a otro, Doña María recuerda que fueron muchos los años dedicados a ser "partera". Siempre que había una mujer parturienta la iban a buscar, la llamada podía venir de un caserío lejano, de la aldea continua o del mismo pueblo. La buscaban de mañana, tarde, noche o madrugada. "Una mujer parida - sentencia Doña María -, fuera primeriza o no, por lo común duraba de dos a tres horas según los dolores del parto".
Explica Doña María que ella mandaba a calentar dos ollas con agua en el fogón y muchos trapos blancos. Cuando llegaba al sitio donde estaba "la mujer con los dolores, se ponía primero a prepararle una infusión con manzanilla, dicho menjurge "apuraba el parto" y luego le daba una "soba en la barriga para colocar la criatura en el sitio", para que no hubiese problemas cuando la mujer se viniera y diera a luz.
La "partera", desde un punto de vista conceptual - podría ser -, fue una parte importante de la comunidad de San José de Bolívar de antaño, sus "saberes" de la medicina era "tradicional", muy diferente a los Expedientes Médicos hoy día en Clínicas y Hospitales.
La "partera" - en su oficio - era parte de una medicina ancestral y su conocimiento del parto era un producto de un saber tradicional donde conjugaba la oralidad, los aprendizajes empíricos nacidos de la práctica con las mujeres enfrentadas al "parto".
Doña María nunca cobraba por estos servicios a los que creía que era un regalo de Dios. Recibía algún obsequio si los que atendía insistía en ello.

Virgen del Carmen, patrona de las parteras.-

Doña María no tenía estudios en Ginecología, se había formado mirando a su señora madre atendiendo "también partos". El oficio de "partera" pasaba de madre a hija, es decir, era una transmisión de la experiencia y conocimientos de remedios caseros. Y la protección espiritual para llevar un buen parto estaba en rezarle a la Virgen del Carmen antes de prepararse para atender el "parto" haciéndose la señal de la cruz.-