viernes, 28 de mayo de 2010

EL MISTERIO DE LLAMARSE JOSÉ ANTONIO


José Antonio Pulido Chaparro

El nombre de José Antonio huele a soledad y muerte. Eso lo ha repetido mi padre por muchas tardes, mientras ve desde la hamaca la montaña de Simusica que circunda el poblado de San José de Bolívar.
Ese nombre con el que me bautizaron lo llevó el abuelo, y la historia de él es bien singular. Lo más fácil sería decir que mi nombre es hebreo por José, el hacedor de sueños, o romano por Antonio, aquel hombre que amo a Cleopatra. En esencia José podía ser santo y Antonio el nombre de un demonio. El nombre de José más que bíblico es idílico, y el de Antonio salió en una de las tantas barcas que pudieron sufrir el fuego de Troya, ese Antonio siguió los pasos de Eneas. Por lo tanto José es cristiano y Antonio pagano. Esta historia sería la más fácil para explicar mi nombre. Y, tal vez mi nombre tenga mucho de ello, de soñador y realista, de fiel y de infiel al mismo tiempo, quizá terminaría definiéndolo un estudioso como contradicción. 
Pero mi nombre, el de José Antonio, nació en un pueblo de los Andes, y lo irónico es que fue la enfermera la que le propuso a mi padre, que su hijo primogénito llevara ese nombre, pues mi madre lleva el nombre de Josefa Antonia. 
Mi padre, quizá ingenuo, quizá alegre, pensó que ese era el nombre también de su padre, y aquel 10 de junio de 1975, otro ser de este mundo cargaba con aquel nombre: José Antonio.
Mi abuelo José Antonio, heredero de una estirpe, llevó en sus venas el enigma que siempre ha acompañado a su familia. Conocedor de los últimos misterios de la construcción de iglesias. Maestro de obras y cantero, cargó durante toda su vida el nombre de un muerto, que dejó como legado a las nuevas generaciones.
En la aldea de los Paujiles el día 18 de diciembre de 1899, la familia de Don José Domingo Pulido y Doña Eufemia Chaparro, recibió una noticia, su hijo José Antonio había muerto, el infante tenía dos años y medio. Esto sumió a la familia en tristeza y dolor.
El 18 de septiembre de 1901, a Don Domingo y Doña Eufemia les nacía otro varón, y le bautizaron con el nombre de José Antonio, el nombre del hijo muerto. Nacía este niño con el nuevo siglo y con los andinos en el poder, Cipriano Castro había llegado a Caracas para hacerse Presidente. Nacía este niño bajo aquel techo de tejas y paredes de bahareque, con el olor a miel de trapiche y a café. El año anterior Don Domingo había traído a la población de San José de Bolívar la imagen de San Isidro para que protegiera aquel valle, y le pidió a aquel santo, que le diera otro hijo, y que lo pondría bajo su protección.
Desde muy joven José Antonio se dedicó a las faenas del campo y aprendió las primeras letras y otros conocimientos de la mano de Don Domingo. Y en aquella casa de corredores inmensos pasó su infancia, alrededor de los potreros y las molientas en el viejo trapiche de piedra, entre los hornos para hacer teja y ladrillo.
Junto a sus hermanos Vicente y Pedro se dedicaron al cultivo del café y la cebolla. Estos rubros los llevaban a La Grita por la ruta del Páramo, en sus mulas llevaban las cargas, teniendo cuidado con los asaltantes de camino. 
El abuelo siempre fue un campesino hasta el día de su muerte, es decir, fue hombre de Liqui-liqui hecho de Kake, y sus alpargatas de suela. Los Liqui-liqui se los hizo siempre su hermana Bárbarita.
En 1930 muere su padre, por lo que José Antonio es nombrado “Mayordomo de Fabrica” de la construcción de la nueva iglesia, que se había ido a piso por un terremoto en el año de 1929. Además toma el cargo de Prioster de San Isidro Labrador, cargo en el que estaría por 46 años.
En 1931 otro golpe llega a su vida, el 30 de noviembre muere su madre Doña Eufemia Chaparro.
Como una maldición casi todos los hermanos de José Antonio murieron muy jóvenes, y él debió enterrarlos a todos, y luego a sus padres. Y como si hubiese venido a este mundo a ver la muerte, aceptó la muerte de sus seres queridos con resignación, diciendo siempre que eso era voluntad de Dios.
Para estos días había comenzado un romance con Flor de María Parra, vecinos de aquella aldea de Los Paujiles, y que a su vez tenían residencia en La Grita.
José Antonio empezó a cortejar a Flor, llegaba en las tardes en su caballo y pasaba horas contándole sus sueños y pidiéndole que aceptara su amor. Flor le colocó una condición, que cuando él ya tuviese una casa, ella accedería a sus peticiones. José Antonio empezó aquel año de 1930 y con el consentimiento de su padre a construir una casa, que hoy día aún esta en pie en la Aldea de Los Paujiles.
En el año de 1936 contrae matrimonio con Flor y de esa unión son hijos: Eufemia (Ramona), Antonia, Tulio, Pedro, Flor y Socorro.
Don José Antonio fue un padre ejemplar y gran amigo de sus amigos - así lo expresa su hijo Pedro.
Por cuestiones personales, Flor se separa de José Antonio a principio de los años 50 y se lleva a todas sus hijas a La Grita.
José Antonio se queda con los varones Pedro y Tulio, y desde esa época se sume en la soledad y el olvido. José Antonio empezó a trabajar su finca para vivir el día a día. Empezó a tener tal cual vaquita. El café nunca podía faltar y en aquella oscuridad de cocina empezó a desgranar sus recuerdos.
En las tardes se sentaba a mirar la montaña de la Cimarronera, y le contaba a sus hijos que por ese camino había llegado Juan Maldonado a la aldea años atrás. Los domingos bajaba al pueblo a hacer un pequeño mercado y comprar un litro de aguardiente.
Con los años las hijas empezaron a visitarlo, y comenzó a conocer sus nietos. Pedro su hijo le dio el primer nieto, que él tuvo en sus brazos, un recién nacido, un varón, un Pulido. Y quizá sintió dolor pues aquel niño llevaba su nombre: José Antonio, un nombre de muerto que huele a soledad.
Murió el abuelo José Antonio el 23 de octubre de 1977, a las 3:30 de la tarde en la Policlinica Táchira. Sus restos fueron depositados en el cementerio de la comunidad. La misa fue dada por el padre Juan Francisco Santos. 
A este hombre le debo mi nombre, ese nombre que hoy lleva mi hijo.
Quizá en las tardes al tomar un café siempre recuerde al abuelo, en aquellas tardes solariegas, donde perdió la esperanza de encontrar el amor que buscaba.
Los Pulido somos una familia añeja, mi bisabuelo llevó el nombre de José Domingo y mi tataratatarabuelo el de José Florentino, por lo menos ese carácter de soñar no lo hemos perdido…

José Antonio Pulido Zambrano,
escrito una tarde soleada al lado del laberinto de la soledad.