domingo, 24 de enero de 2010

RECUERDOS DE SAN JOSE DE BOLIVAR


Por: Ricardo Peñaloza Santander


Caía ya la noche y un niño de apenas nueve años subía de los potreros de la loma. Cuatro lochas sonaban en sus bolsillos producto de haber llevado varias de las ciento y tantas mulas que venían cargadas con ocho arrobas y media de café provenientes de La Pérez, de San Pablo, de El Combudo, de San Rafael o de La Mesa de San Antonio. Era la época de oro del café que se almacenaba en San José y de allí se llevaba a San Cristóbal o la Grita. Nos retornaban telas, pan, sal, grapas, alambre, fósforos, velas, cafenoles y hasta píldoras del Dr. Ross, sin faltar la pólvora, el bofe seco y la manamana salada.
Eran épocas bonitas cuando en La Cumbre florecía la arveja y las torrenteras despedían agua fresca y cristalina para saciar la sed del caminante. Yuntas de bueyes araban los conucos y ya en la noche el aroma del la mazamorra de maíz tierno invadía la casa. En otras, se comía cochino frito con tierna yuca.
La neblina ya había tendido su manto y las luces tenues en temblorosos y tímidos círculos alumbraban poco las desérticas calles. Lloverá fuerte esta noche y al rescoldo de la leña humeante, el más elocuente charlatán aterrorizaba a niños y viejos con cuentos de brujas, muertos, animales descabezados sangrantes y ánimas en pena. El pueblo estaba frío como fríos estaban los páramos y los campos. Gruesas bayetas cubrían los cuerpos cansados después de la jornada.
El muchachito de las lochas tiritaba entre las piernas largas y flacas de un viejo de figura quijotesca que alumbrado de un mechero de pipa leía alguno de los tantos libros que tenía y que lo volvieron medio loco. Mordía pausadamente una dulce cuca y sorbía de la jícara guarapo fuerte y embriagante. "Lee hijo" - le decía al aterido muchachito. "Lee Doña Bárbara o Martín Fierro o Casas Muertas o Romeo y Julieta o el Quijote o el Werther o el periódico. Ahí tienes el Morrocoy Azul, pero lee para que tu cabecita no se te embote. O escribe y tu mente se te desarrollará". El niño dormía acurrucadito soñando en cristalinos ríos, verdes colinas y pájaros variopintos.
Amanecer en el pueblo. Unos ya iban al barbecho donde las rabiblancas picoteaban ya los primeros granos residuo del aporreo. El día lluvioso o por lo menos lloviznaba muy parejo; los sombreros hasta las orejas y las bayetas chorrean y chorrean. Chapotear el barro y pegarse en el gredal. Greda buena para la teja y el ladrillo y hasta para hacer metras y chorotes. Ordeñar las vacas y amarrar las bestias; uncir el yugo a los bueyes y arar la tierra fácil.
Otros lugareños tardaban en la casa para desayunar con la redonda, grande y delgada arepa con cuajada y la enorme tasa de aromático café.
Vamos, vamos todos al campo. La faena nos espera.
Palear la caña y rebosar los canastos de café. Sembrar el apio y el frijol o pescar alguna trucha o cazar algún venado locho.
En fin, son muchos los recuerdos sembrados en el alma de hombres y mujeres que bebieron el frío de los eternos inviernos y respiraron el calor desprendido del quehacer pueblerino. El relámpago y el trueno, la chicha y el pastel, el canto del gallo y la campanada que invita a la misa de aguinaldo, están todavía arraigados como la hiedra al muro en los sentidos de los que una vez abandonaron el pueblo en busca de mejores vidas y horizontes nuevos.
Estas apresuradas y trasnochadas notas son un humilde homenaje a los hacedores de la revista “RIOBOBENSE”. En verdad los felicito porque sé lo difícil que es producir escritos. Porque lo escrito escrito está y queda reducido a la rigurosidad de la critica ácida. Creo que fue el periodista y humorista Aníbal Nazoa, hermano de Aquiles, que solía decir: “Escribe que algo queda".