viernes, 2 de julio de 2010

Discurso del 19 de abril por un riobobero, para la historia del Bicentenario

(Discurso del profesor Pedro Contreras Pulido ante la Asamblea Nacional en el Congreso de la República).

EL 19 DE ABRIL Y LA INTROSPECCION DE VENEZUELA


Preámbulo

Manuel Palacio Fajardo resume sencillamente lo que ocurrió el 19 de abril de 1810. “El cabildo Municipal de Caracas reunió a un cierto número de personalidades designadas por la voz del pueblo, depuso a los gobernantes españoles y tomó las riendas del gobierno con el nombre de Junta Suprema”. Así, pacíficamente sin más que la alegría popular, terminaron 312 años de dominación política de la Corona de España en Tierra Firme. Podríamos hasta señalar que el 3 de Agosto de 1498 y el 19 de Abril de 1810 tuvieron de común que el acontecimiento trascendente fue recibido con sin igual alegría, sorpresa y esperanza por sus espectadores.
Los grandes acontecimientos, dice el lugar coman, que marcan época. Efectivamente, señalan una época que termina y son, a su vez, inicio de otra nueva. El Imperio español terminó en jueves Santo y ese mismo día comenzó la Pasión de la Libertad Americana.

Pero, ¿por què terminó el Imperio Español y comenzó la ruta de las angustias de la emancipación americana?

La historia de la expansión y la grandeza española empezó en una forma casi fortuita. Su muerte y agonía fue demasiado lenta. De todas maneras, hoy podemos decir que si obra del azar fue la presencia de Colón en el reino de Castilla no es menos cierto que para finales del siglo XV el pueblo ibérico era el mejor equipado para iniciar las grandes hazañas del descubrimiento. España era la sociedad europea de fines del siglo XV con esquemas más claros y con mayor vigor interno. Un gobierno capaz que se resumía perfectamente en el cántico de que “Tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando “. Un pueblo que venía de ochocientos años de sacrificio pero tras la persecución de un ideal que se negaba a darlo por concluido con la Conquista de Granada. El Exterminio del infiel y el triunfo de la cruz deberían alcanzar a todos los dominios del sol. El renacimiento italiano se vigorizaba en las Universidades españolas. La artesanía toledana, los tejidos ebroenses, los astilleros gallegos, las imprentas andaluzas, lanzaban sus productos en singular competencia por todos los mercados del Mediterráneo. Cuando la Fortuna le abrió a Colón las puertas de la Fama, los reinos de Castilla y de León sellaban con la tinta del mar Océano su destino imperial. El pendón de Castila se levantó señor en todas las latitudes del Planeta, pero en ese mismo instante desde todos los rincones surge el afán nivelador que busca el equilibrio. El imperio crecía y se desarrollaba. Paralelamente lo iba carcomiendo el esfuerzo de todos por aniquilarlo. Y así mientras vibra y Grecia iba también creciendo el germen de su muerte. Trescientos años luego de aquel instante el cuadro de España era distinto.

II

Después de la Guerra de Secesión, nunca máx. España volverá a ser Señora de la Historia. Carlos III marca un hito de audacia y pretende reflejar como luz propia los rayos que le viene de Francia. Para finales del Siglo XVIII el cuadro español era por demás significativo. Sus condiciones económicas era muy precarias y su dependencia de la producción colonial cada vez aguda. La vitalidad de sus puertos se retrata en los muelles de Sevilla en donde ya no atracan sino la carcoma y la grandeza del recuerdo. El bullicio y la algarabía de otros tiempos yacen sepultos en las oquedades de sus maderos. La lana que vestía de gala las cortes europeas, y que de los rebaños de la Mesta entretenía a los telares de casi todo Europa, era ahora una extraña que retornaba con acento sajón. Las armas toledanas han dejado de arquearse y es el acero galo el que grita desde los torreones españoles. El oro que otrora sonaba con timbre de Castilla ahora plañía venganza Israelí a través de los mercaderes de Los Países Bajos. La sociedad española vive de la apariencia. La nobleza cada vez más pagada de su historia, de frente a su pasado, de espalda a su porvenir. Los grandes conductores, faro de los pueblos en crisis, no hacen esta vez. Aranda y Florida Blanca en vano pretenden abrir la fisión de los Reyes. El trono se sonroja y la corona languidece. Ellos fueron los símbolos de la gloria, ahora son mero tapiz que oculta la verdad. Las letras españolas dejaron sus últimos destellos en los funerales de Fray Benito Jerónimo Feijoo. El Gobierno vive de las intrigas. Los validos Llegan a Primeros Ministros. Ya nadie monta ni tanto ni tampoco. Y frente a tanta decadencia el pueblo español busca en su propia entraña en signo de su vida. Era la hora de Francia, para el mundo. Era la hora de América para sí misma.

III

Muchos han querido buscar fuera del desarrollo de la sociedad americana las causas que impulsaron la Independencia de sus pueblos. La influencia del criticismo cartesiano, navegante ladino en los navíos de la Guipuzcoana, trajo sin duda el espíritu de análisis y la metódica curiosidad sobre verdades que se consideraban intocables. Locke, Hume, Spinoza, Leibnitz, Rousseau, logran atravesar con sus ideas la cortina de Fe del Imperio español en América. Montesquieu y los enciclopedistas, el abate Saint Pierre, etc., fueron llenando el repertorio de inquietudes de los intelectuales americanos, pero creer que por causas externas se mueven los pueblos es pretenderle dar a la imitación energía creadora. Es en la esencia misma de nuestra realidad colonial en donde debemos indagar la fuerza de nuestro destino que nos llevó como pueblos a buscar nuestra emancipación política y que luego mueve la centrifugadora que trata de amalgamarnos en la hora presente. Nunca, por mas que querramos, podremos prescindir de la forja indeleble con que nos signó la Colonia.
La sociedad colonial se había forjado y esquematizado en los cacaotales de la paz de los siglos XVII y XVIII. Los blancos criollos buscaban nuevos esquemas para renovar los carcomidos por el hasteante hábito de siglos de dominio. Lo tenían todo. De nuestros puertos salían ávidos de mercados miles de toneladas en Cacaco. El aroma de nuestros tabacos embalsama el amor y el ensueño de todo lo europeo. Sale furtivo y furtivamente se consume hasta hacerse costumbre descarada. Nuestra ganadería, por falta de mercados, pudre sus carnes y apenas alcanza a ventear sus cueros en las tenerías mexicanas o en las talabarterías sevillanas. Holandeses, ingleses y franceses., abren los surcos de sus cañamelares antilanos con el vigor tirante de los miles de mulas que el contrabando lleva por las veredas de la sierra y el mar hasta sus campos. El dinero obtenido permite importar títulos de y purezas de sangre. Gracias al sacar que produce la prodigiosa acción del negro esclavo. Sólo el poder político faltaba. La Decisión. Eran capaces. Y el ansia estriñe con angustia las entrañas del criollo.
La Universidad había abierto horizontes a los jóvenes blancos. El pensamiento humano en todos sus matices presidía. El pensamiento humano en todos sus matices presidía las veladas mantuanas. Malebranche., Lavoisier, Condillac, Lamarck, Newton, Davy, Kirwan, Baillo, se presentaban familiares en las experiencias estudiantiles Universitarias. El humanismo y los clásicos, los idiomas antiguos y modernos, eran metas de competencia en el retozo intelectual. Frente a esto, el peninsular gobernante aparecía como el cargador de la ignorancia, limosnero de sueldos que aventuraba su suerte más allá de los mares. No era posible pues, que los hijos de los bravos capitanes de la conquista se dejaran gobernar por los descendientes de los maulas que no se atrevieron en su hora a cruzar el Océano. La obsesión del cambio se encarna en fórmulas jurídicas. “Los juristas caraqueños- dice Parra Pérez, apoyarán también su tesis en la bula del “buen valenciano” Alejandro VI y la Recopilación de las Leyes de Indias que concedían las tierras de América a los Reyes Católicos y a sus legítimos sucesores, pero no “a los peninsulares, ni a la Península, ni a los de la Isla de León, ni a los franceses”. El pacto feudal había sido roto. La soberanía volvía al pueblo.
Junto a estas realidades de la sociedad blanca estaba el grupo, o mejor, los grupos pardos. Unos en las ciudades. Dueños de la artesanía. Cabales en el cumplimiento. Con el corazón, la ilusión y la esperanza en el Crucifijo y en el Rey. El mantuano era su amigo y su opresor. Difícil dualidad que nunca le permitirá ver con claridad su camino. Otros en las zonas rurales. Lejos de la ciudad y envidiosos del citadino. Grupo aparte lo formaba el llanero. Producto de los marginados sociales. Allí, en el llano, busco refugio entre los matorrales el esclavo que reconocía la libertad en la ventisca sabanera. El homicida que trataba de ocultar bajo los aperos de su montura la voz de su conciencia. El contrabandista que tenía en la extensión de la sabana diez mil sendas para burlar las áreas coloniales. El desenamorado que trataba de ahogar en el torbellino de los vientos y el agua la pena de su imaginación. El aventurero que no reconocía más valor que la astucia, la destreza y la habilidad, ni más propiedad que la de su porsiacaso. Todos se amalgamaron en trescientos años de sociedad y de compañía. Su fruto el llanero, dueño y señor que fue de nuestra historia durante todo el siglo XIX. Entrará en la sociedad venezolana por el camino de la violencia y sólo la epidemia lo volverá a encerrar en sus caneyes. Tal era la sociedad colonial. Tal el pueblo que presenció el 19 de Abril.

IV

El cuadro mundial representaba para aquel momento la eclosión de la razón universal. Las trompetas de la Revolución Francesa habían producido escalofríos de libertad hasta donde avanzaba la imprenta. Las colonias inglesas americanas habían expulsado al León Británico de sus costas y obligado a buscar otros cubiles. El concepto de República producía espasmos en los afeminados cerebros de los nobles. Románticos profetas creían ilusamente que había llegado la hora del hombre. Nuevos esquemas asomaban briosamente en las asambleas del hombre-ciudadano. Napoleón, brutalmente, militarizaba la libertad y bajo la excusa de la Revolución intentó llegar al dominio universal. Cayó así en la tentación que ningún gran revolucionario ha logrado superar.
Tal era el ambiente cuando las tropas napoleónicas invadieron la península ibérica el pretexto de someter a Portugal. Las intrigas palaciegas en el trono de los Borbones habían convertido a Napoleón en el árbitro de la política real Española. Las tropas francesas a fuer de amigas habían invadido pacíficamente todo. En España no quedaba libre sino el coraje de la españoles. El 2 de mayo de 1808 se inicia la hora de la Independencia: España de Francia. América de España- La libertad del despotismo.

Las noticias llegan a la América en los barcos ingleses.

Los criollos consideran su momento. Empiezan las conspiraciones en suelo americano. Los precursores habían tejido muchos planes quiméricos en las más diversas latitudes. Desde las soleadas playas de Crimen hasta en el brumoso Kònisberg más de un americano había elucubrado el sueño de la libertad.

Pero ahora le toca al pueblo americano. Los Gobernadores españoles, cansados y desengañados de la incapacidad de los Monarcas Españoles apenas alcanzan a ocultar su francófila. Liberales casi todos, suspiran por una Monarquía que aleje para siempre del trono español la inutilidad de los validos reales y convierta a su realeza en símbolo más en poder. Este estado de ánimo permite que las conspiraciones se realicen en plena plaza pública. Los revolucionarios son castigados con formas aparentes. Sólo algunos, muy connotados o demasiado radicales pagan con el destierro su osadía. Así veremos expulsados de Venezuela a Don Antonio Fernández de León y al Licenciado Miguel José Sanz, pero diez años antes por faltas mucho más leves colgaron a José Maria España. Los grupos mantuanos se acrecientan con la presencia de algunos pardos que son admitidos en las conjuras. Así llega a conocimiento del pueblo todo, la proclama de la Junta de Regencia Española del 14 de febrero de 1810 que invita: “desde este momento, decían españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres: no sois ya los mismos que antes encorvados bajo un yugo mucho más duro mientras más alejados estabàis del centro del poder, mirados con indiferencia, vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia”. He aquí la excusa que todos esperaban. No es inventada. Viene de la fuente misma del poder español. Confesión que hacían en esfuerzo supremo para salvarle el Trono de América a Fernando VII, mientras éste, negando su estirpe, rogaba a Napoleón lo adoptase como hijo. Todos saben de la conspiración. Los escuchas gratuitos llevan a cada momento ante el Capitán General las informaciones más precisas. En el amanecer del mismo jueves santo 19, Vicente Emparan sabe dónde están reunidos los Conspiradores. No les teme. Seguro está de poderles convencer. Puede jurar sobre fuego que todos son reales a Fernando VII. El Cabildo caraqueño, expresión máxima del poder mantuano, está dividida. Unos quieren apurar el golpe. Otros prefieren la ocasión propicia. Don José de las Llamozas accede al fin a convocar la reunión para el Jueves Santo sin orden del Capitán General. A las 8 de la mañana la Asamblea delibera. Es necesario convocar a todos a Cabildo. Emparan llega, convence a los presentes de la imprudencia de la acción. Todos van a rezar. Es el momento de actuar la juventud. En nuestro país, hasta el presente, las grandes acciones de la Historia han sido obra de juventudes. Quizá la premura tropical acelera los espíritus a cumplir su misión. “A Cabildo, Señor, el pueblo os llama a Cabildo” dice la voz, y el joven brazo de Francisco Salías hace volver al Capitán General y a su cortejo a la sala Capitular.

El Acta del 19 de Abril es sin duda el primer gran documento de la realidad insurgente venezolana, pero, ¿por què y para què insurge ¿ He aquí los textos:

1.- “atender a la seguridad y prosperidad de estos territorios”.

2.- “administrarles cumplida justicia en los asuntos y causas propias de la suprema autoridad “.

Es decir que la prosperidad, la seguridad y la justicia motorizaban nuestra primer gran acción revolucionaria.

El pueblo está presente y por él firman Juan Germàn Roscio, meztizo guaquireño, Félix Sosa y José Félix Ribas, caraqueños mantuanos que hablan en nombre de los pardos. Por el clero insurgente José Cortés Madariaga, héroe de la jornada y Francisco José Ribas, quien tomará de facto el gobierno eclesiástico en los primeros días. Pero también está presente la Universidad en Nicolás del Castro y Juan Pablo Ayala. El seminario en Juan Antonio Rojas Queipo. Es decir, que el hecho del 19 de Abril lo podemos entender como la acción mancomunada de todos. Si bien fue iniciativa de la juventud mantuana, no hay duda alguna que todo el pueblo de Caracas participó alegremente en la acción. Aquel día en una forma o en otra todos se sintieron revoluciarios. Analizado así, no hay duda de que este mismo día lo hemos visto repetirse en cruciales momentos de nuestra historia Patria.

V

Después de 158 años de la fecha que hoy conmemoramos, después de 158 años de haber iniciado la búsqueda de la prosperidad, la seguridad y la justicia bien vale la pena preguntarse, ¿ hasta dónde hemos logrado realizar la empresa que entonces comenzamos ? ¿Cuál es nuestro nivel de Prosperidad? ¿Podemos hoy, con propiedad, hablar de Seguridad? ¿Y la Justicia?
Una constante fija en nuestra Historia Republicana, que se repite ritornelo acusante ha sido y es, no cabe duda, esta Autonomía entre el pueblo todo que en mancomunados movimientos ha pretendido encontrar la senda que lo lleve a la Prosperidad, la Seguridad y la Justicia y los que han escalado su representación, frustadores siempre de los anhelos populares.
No podemos asegurar que los mantuanos de 1810 llevaron a los pardos engañados a respaldar el movimiento revolucionario, pero sí es verdad incontrovertible, que bien pronto la revolución de la Justicia se hizo sólo para los blancos. La República que nació en el año 11, nació censitarìa. Se abandonó el principio de las ¿viejas constituciones españolas “ para tratar de imitar la novedad francesa y norteamericana.
Las traiciones de que fue objeto Miranda ante los empujes victoriosos de Monteverde, no fueron sino la consecuencia de haberse olvidado que el 19 de abril de 1810 todos saludaron como iguales el advenimiento de una nueva época. No es justo decir que el pueblo pardo no acompaño los primeros albores de la Independencia. Es mejor decir que los Diputados del pueblo fueron silenciados por los egoísmos de la Oligarquía. Surge entonces la reacción. Unos hablan de la reacción realista, otros de la reacción canaria. Sea lo que fuere, los soldados que empuñan las lanzas contra la Independencia

Son de la más pura cepa venezolana. Son nuestros pardos, es nuestro pueblo que va en busca de la Seguridad, la Prosperidad y la Justicia. Y viene la guerra del terror. La guerra a muerte.
La desolación, la destrucción y la ruina campean sobre la superficie venezolana. Los pardos llaneros hacen su presencia en la lucha. Nada más feroz le puede haber ocurrido a la Revolución. Poblaciones enteras desaparecen de la escena histórica.

La consigna no puede ser más demostrativa en la boca de Boves. “Si a mi llegada a esa ciudad encuentro un patriota, Ud. Pagará con su cabeza”. “Los bienes de la blancos son para mis soldados”. Un Oficial inglés, testigo presencial de muchos de estos hechos afirma: “ no es aventurado decir que nunca hubo un período, en ninguna edad o país, de que recuerde la historia más premeditada carnerìa “.
Años después, sobre los cadáveres de los mismos que habían iniciado el movimiento de Abril, Bolívar y Páez tratan de hacer Justicia al pueblo combatiente. Ahora, la misma mano que blandía la lanza contra la República, contra la Revoluciòn, la iza contra la tiranía y el poder extranjero. La promesa, la misma. Los bienes de los oligarcas
Serán para mis llaneros, decía Páez y así se lo hizo prometer al Libertador.
La bandera de la libertad política flameó triunfante en Carabobo. Era la hora de cumplir con la Prosperidad, la seguridad y la Justicia. Frustración. Ser repite el 19 de Abril el día 02 de Octubre de 1826.
De nuevo la Municipalidad de Caracas con participación de vecinos notables pretende remover las banderas olvidadas.
Surge la separación venezolana de la gran experiencia grancolombiana. Los restos de la sociedad mantuana que habían retornado al país, más la presencia de los militares héroes de la emancipación retoman el poder. El cansancio de más de 17 años de lucha establece la paz. Se progresa. Las haciendas de nuevo alimentan a las poblaciones. El negro esclavo vuelve a ser máquina de producción. El prestamista, sin control, dirige la producción y el comercio. Vuelve a haber señores ricos y pueblo muy pobre. La Educación tiene su primer Código de Instrucción. La Universidad se fortalece. En ella estudian los hijos de las haciendas. La prensa vocea los deseos de unos pocos. Los Tribunales tratan de hacer justicia. Las leyes son reflejo de la composición de los Congresos. No hay condes ni marqueses. Hay ciudadanos con rentas suficientes como para poder ser elegidos. La Constitución es censataria. No hay reformadores. Hay buenos administradores.

VI

El 15 de marzo de 1858 surge de nuevo otro 19 de abril como consecuencia de la unión de todo el pueblo contra el despotismo de Monagas. Esta vez todo el pueblo participa con desbordante emoción en el movimiento. Ya no hay esclavos en el país. Todos son ciudadanos. Ricos , pobres,, sabios, ignorantes, clérigos y laicos, blancos y negros, todos saludan con alborozo el nuevo movimiento tras la Seguridad , la Prosperidad y la Justicia. Los mejores hombres del país tratan de indagar una senda que conduzca a feliz término la empresa de la República. La Convención de Valencia elabora la Constitución de 1858. El más notable esfuerzo jamás hecho en busca del ascenso y la incorporación de los pueblos a la conducción de su propio destino. Se establece el voto universal. Todos pueden votar. Era una solución política.
Nadie se ocupa seriamente de resolver los problemas sociales. La Economía mundial estaba en crisis y ello ahonda aún más los graves problemas de Venezuela. Los especuladores no tienen freno. Labradores y criadores son agobiados hasta la exageración. Los antiguos esclavos medran como “torunos” por los caminos que les recuerdan sus cadenas. La explosión social y económica, más la política y la militar y el desbordamiento de todas las pasiones de que es capaz el hombre venezolano tienen su momento. Estalla la guerra federal. Desolación y hambre. Reino de la injusticia. Campea más la inseguridad. No fue una guerra entre dos ejércitos que se combaten. Fue una gran guerra de guerrillas de todos contra todos. Quisimos acabar con la Patria. La razón desaparece de nuestras latitudes: “ El hierro va a sonar en sus oídos en vez de mis débiles palabras “, dice Juan Vicente González.
Las consecuencias de aquella terrible hecatombe son funestas hasta lo inimaginable: “ de tantos y tan heroicos esfuerzos tiene el país por elecciones una farsa, por garantías la burla y por República un Sarcasmo”, dice la Comisión del Congresos de 1867. Después de la guerra Federal no volvió a reinar la paz verdadera en Venezuela hasta que la dictadura de Gómez sepultó a los rebeldes en sus Rotundas.
En el siglo XIX no fue pues apto para la empresa trazada el 19 de abril de 1810. No todo fue perdido, sin embargo. De aquellas terribles luchas surgió la igualdad social. El país poblado se hace uno. La sociedad venezolana se incorpora.

En la fragna del dolor se cuaja nuestra Nación.

Y así llegamos al siglo XX.

Dos hechos sobresalen evidentemente en este nuestro acaecer presente. La Dictadura de Juan Vicente Gómez hasta 1935 y las experiencias democráticas trazadas sobre los quemas de 1936. Muy temprano es para juzgar la larga y cruel dictadura gomecista, pero quizá podemos afirmar ya que ella fue obra de la anarquía que caracterizó el último medio siglo XIX. Su férrea mano logró que el feudalismo caudillesco desapareciera y surgiera su única voluntad como Ley de la República. Gómez nunca dijo, porque quizá no podía concebir sus términos abstractos: “ L’ ètat cèst moi”, pero lo afirmó más rotundamente con la campechana afirmación de aquí el que manda soy yo”.
Su paz impuesta por la fuerza permitò recuperar la Economía. De nuevo hubo Prosperidad para unos, pero no para los más. Hubo Seguridad para los conformes, pero total inseguridad para los rebeldes. La Justicia huyó de Venezuela.
Advinó el capital extranjero y el país se convirtió en nación minera, exportadora de materias primas hacia Naciones llamadas amigas que nos venden el producto de sus Industria. Se estabilizó la moneda. Se institucionalizó el Ejército. Se abrieron las primeras carreteras para el tráfico automotor. Por las ventanas del país comenzó a asomarse el maquinismo europeo y norteamericano. Entramos a la era de la utilización de la máquina con casi sesenta años de retardo.
Los sueños de las almas libres forjaron en las postrimerías de la dictadura los esquemas políticos que han caracterizado la etapa presente. Soñaron el voto universal y lo obtuvieron. Hombres y mujeres pueden expresar por igual su voluntad política. La Educación para todos como lo decretara Guzmán Blanco debería hacerse realidad. El país debería mecanizarse y electrificarse. Las carreteras y los ferrocarriles deberían satisfacer los sueños de Santos Luzardo. La Reforma Agraria debería derrotar a la propiedad feudal. Las minas se explotarán con capital venezolano y las naciones amigas también nos comprarán productos logrados en nuestras Industrias. En esta etapa estamos. No somos pesimistas, pero ante nuestros ojos no quisiéramos ver la imagen de la antinomia acusante entre el pueblo y su representación.

VII

La hora presente nos exige largas y profundas meditaciones. Decisiones audaces y rápidas. Firmes composiciones de lugar para no torcer nuestro destino. El mundo de la post-guerra se presenta convulsionado y difícil. La victoria mundial se obtuvo en nombre de los pueblos y éstos exigen su cuota de triunfadores. Quieren acelerar la hora del hombre. Se vive más que nunca el gran momento universal. Somos, aunque no queramos, ciudadanos del mundo: la ciencia y la tecnología nos mantienen en vivo la realidad presente. Minuto a minuto testimoniamos toda la posición del hombre en esta tierra. Es la hora de los pueblos continentes. Nuestras patrias se nos hacen demasiado chicas. Las fronteras políticas se tornan cada vez en insoportables estorbos.

La mística telúrica va desapareciendo en la medida que aparece la mística de las culturas. Somos cada día más hijos del espíritu. El hombre vive más de su palabra que de su mano. Todo nos reta a entendernos con la hora actual.

La realidad venezolana vive en angustiosa duda. La juventud supera tanto a la población adulta que es urgente asignarle campos de máxima responsabilidad. Inmensas necesidades sociales surgen por doquier. Las exigencias sanitarias, educacionales, habitacionales, de comunicación, de justicia se hacen imperantes. Un afán de hacer estruja nuestra existencia.

Todos nos piden autenticidad.

Nuestra sociedad vuelve a componerse, sin quererlo o queriéndolo, de grandes intereses egoístas que han logrado hacer de nuestra actual hora, la hora su conveniencia. Parece como si quisieran convertir el país en dócil instrumento de sus dineros pretende ser el lubricante de la dinámica nacional.

Se condiciona la libertad de conciencia, la libre expresión del pensamiento, la creación científica, el arte y la belleza. Frente a ellos la inmensa masa popular que espera cada vez con mayor impaciencia. Frente a ellos el vigor se las almas recias que pretenden equilibrar el conflicto creando la armonía del consenso.

Todos somos responsables. Todos sabemos que los esquemas que nos trazamos hace treinta y tantos años ya no son operantes. Es la hora de cambiar. Las instituciones se hacen viejas o tardas. Los hombres que las manejan se han acostumbrado a una velocidad que ya marcha en sentido negativo. La relatividad indica que cuando algo no se mueve a la velocidad indicada retrocede. No podemos darnos el lujo de correr con la medida de nuestra voluntad. Tenemos que volar con el vértigo de nuestro tiempo.

Señores Congregantes:

Las misceláneas que de nuestro devenir histórico he querido pincelar son apenas puntos obligados que en esta hora de introspección debemos hacer para no errar en nuestro camino. Es la hora de cambiar nuestros esquemas. No tenemos porqué exigirnos ni exigir mantenernos atados al pasado. El camino del cambio exige sacrificios. Supliquemos a la Providencia que nos dé el coraje, la imaginación, la prudencia, y la audacia para emprenderlo. No esperemos que la voz del pueblo nos repita: “A Cabildo, a cabildo, señor, el pueblo os llama a Cabildo”.