domingo, 11 de julio de 2010

LOS ITALIANOS EN SAN JOSÉ DE BOLÍVAR Y EL MENUSCRITO DE JOSÉ SATURNINO PEÑALOZA

Por: José Antonio Pulido Zambrano


Representación teatral de un niño del pueblo haciendo de Don Miguel Francisconi

Muchas de las palabras recogidas en esta revista, han ido enrumbadas de la mano de José Lubín Pulido Chaparro, él ha construido nuestro pasado histórico con los relatos que perduran en su memoria, recogido en conversaciones con su padre Don Segundo Pulido Vivas y otros coterráneos del pueblo conocido como San José de Bolívar. Esa búsqueda, le permitió incorporar a su Archivo Particular testimonios y documentos que amplían y completan la historia opaca y borrada en el tiempo. Pertenece a este empeño de Pulido Chaparro el hallazgo del Manuscrito de José Saturnino Peñaloza, escrito hace setenta y tres años (1931) en San José de Bolívar un 13 de mayo, cedido a él en fotocopia por Oscar Santander, quién lo encontró en los Archivos del Municipio y de los cuales no se sabía su existencia. José Saturnino Peñaloza, Juez del Municipio San José de Bolívar, del 15 de enero al 15 de agosto de 1931, su Secretario Víctor Manuel Pulido Vivas, casado con Doña Griselda Chaparro Urbina, padecía una cojera en una pierna, a consecuencia de un disparo con revolver, ya que en esa época todo ciudadano andaba armado, estos datos suministrados por Don Horacio Sánchez en Queniquea el 8 de septiembre del 2004.
El manuscrito fue desarrollado con la finalidad de escribir un libro sobre la historia de San José de Bolívar por el señor Don Tito Lino Méndez. El escrito explica los orígenes del pueblo San José de Bolívar a finales del siglo XIX.
El mismo, da inicio a los pormenores acaecidos a principios de 1880. El documento describe una serie de circunstancias, precedentes a la reunión, para la fundación del poblado. Enumera una cadena de nombres de personas que encabezaron la creación de San José de Bolívar. Da nombres históricos como: Diógenes Escalante, Eleazar López Contreras y el Presbítero Fernando María Contreras.
Hace mención al italiano Miguel Francisconi, “casado con una mujer de este lugar” de nombre María del Carmen Noguera Chaparro. “Ya desde mediados del siglo XIX – señala Luis Cortese para País Global - la campiña italiana es asolada por la miseria y muchos son los que desean partir hacia América, en su imaginación la tierra prometida". Muchos zarparon de Génova, entre los emigrantes que se dirigían a Sudamérica venía Francisconi, previa escala en algunos puertos españoles (Gibraltar, Barcelona, entre otros) donde se recogían a los hijos de la península ibérica, todos llevando consigo sus humildes pertenencias, la nostalgia del "pasado" y la visión de nuevos sueño sen América... La vida del emigrante era aventurera, inquieta y triste. Saber de donde se sale pero no adonde se llega.
Las dificultades del día a día, el hambre, las enfermedades y la falta de un lugar al cual poder llamarlo suyo, es el aliciente que llevó a muchos a esconderse en los rincones de Venezuela. En 1806 Queniquea y el Río Bobo contaba con un poblado de unas 250 personas. Las angustias y dolores del emigrante de un desarraigo que seguramente intuían muchas veces definitivo los llevó a lugares tan lejanos. Y fue así como muchos españoles e italianos inician desde su tierra natal, la búsqueda de las posibilidades que su patria les niega.
Según datos aportados por la señora Ana Francisconi Roa, “al Táchira llegarían siete italianos, entre los que recuerda; los Galeazzí llegarían a San Bartolomé del Cobre, los Benedettí a Queniquea y La Grita, y los Francisconi al Río Bobo”. Estos éxodos nacen de la incierta situación política, las guerras locales casi continúas en que se embarcó Italia en África, los Balcanes, Turquía y España, insistiendo en la conservación de sus últimas colonias, Filipinas y Cuba. Todos estos acontecimientos caldeaban el clima social de los dos países cada día más.
Otro de los datos aportados por Doña Ana Francisconi Roa (y que da más realce al manuscrito de Peñaloza) es la que su abuelo Miguel Francisconi huye del Estado de Lucas, en Italia por la Recluta. Los largos períodos del servicio militar (siete años señala Doña Ana Francisconi Roa) coadyuvaban a mantener esa tensión entre las clases proletarias, por otra parte el proletariado por carecer de medios, no podía eludir tan gravosa obligación, cuyo relato es una suma de miserias y servicios indignos.
La esperanza de una vida mejor en el nuevo mundo era una de las consecuencias del proceso de emigración. Era la válvula de escape que, en esa dialéctica que la historia tan bien explica, el encontrar (o esperar encontrar) en sus nuevos destinos posibilidades que su “terra nostra” no les ofreció.


Don Miguel Francisconi

El traslado, el fenómeno social de la “transculturación” como señala Fernando Ortíz, fue para los que formaron parte de ella, un inicio desde la nada. Estos individuos como el Ulises griego enfrentaron penurias, en ese largo viaje hacia lo desconocido dejando familias, amores, identidad, idioma, sabores culinarios, libros, obras de arte, en busca de una vida mejor.
Desde los puertos de Génova, Nápoles o Marsella; Gribaltar, Barcelona o Vigo; Bremen o Hamburgo, en el período de auge del vapor los emigrantes del siglo XIX hacen la travesía en tres o cuatro semanas, bordeando África hasta atravesar el océano, arribando a New York, Curazao, La Guaira, Maracaibo, Brasil y el Río de la Plata.
Señala Geraldine Lublin que: “Además de las persecuciones ideológicas y de la tradición viajera de los hijos de la Liguria, la fuerte emigración italiana también se vio empujada por motivos económicos como los excesivos impuestos, la desigual repartición de la propiedad, la paralización del comercio y de la industria, la fuerte competencia internacional y el escaso desarrollo agrícola.
A esto se sumaban el exceso de población, la miseria producto de la crisis económica y la resistencia al servicio militar. Estos emigrantes se dedicaban en su mayoría a la agricultura, aunque también había muchos que ejercían diversos oficios”.
Y esta es la historia de un emigrante llamado Miguel Francisconi cuyo viaje a estas tierras, fue frustrado por una tragedia que a consecuencia de las condiciones en los frágiles barcos de la época. Pero que no se rindió nunca, y llego y estableció una familia en el pueblo del confín del mundo, llamado San José de Bolívar, y quién aparece entre los fundadores del mismo. Transcribimos su acta de defunción como un homenaje póstumo y su eterno recuerdo:

Estados Unidos de Venezuela.

Estado Táchira. Libro N °8.

San José de Bolívar. Folio N ° 8.

Partida N ° 16.

Jesús Contreras Hernández, primera autoridad civil del municipio San José de Bolívar, hago constar: que hoy día cinco de mayo del mil novecientos nueve, se ha presentado ante mí el ciudadano Rafael Francesconi, mayor de edad, vecino de este municipio, casado, agricultor y expuso: que hayer á las siete de la noche falleció en el sitio de La Colorada de esta Juridición y de anemia, su padre Miguel Francesconi, de setenta y dos años de edad, casado, agricultor, é hijo legitimo de Bartolomé Francesconi y Bartolamé Cupehine, ya finados, natural del Estado Lucas en el Reino de Italia y vecino de este municipio. Fueron testigos presénciales de este acto los vecinos Jesús Corredor y Juan Luis Romero, mayores de edad y artesanos. Se les leyó lo escrito, ratifico lo expuesto al exponente y firman los que no saben. Jesús Contreras H. J. Luis Romero. José Jesús Corredor.

El Secretario. J. Salomón Ramírez.

En el manuscrito de Peñaloza se hace mención especial a Don Ramón de Jesús Pulido, baluarte del pueblo y eje fundamental de la fundación de San José de Bolívar, ya que por desavenencias dadas en Queniquea, cuando uno de sus hijos (Pedro) sale herido en pleitos de trifulca, prometió radicarse en el Río Bobo por tal afrenta, y allí fundo el nuevo pueblo. Los padres de Ramón de Jesús Pulido se encuentran entre los fundadores de Queniquea y estaban radicados en la aldea Buena Vista. La mayoría de estas primeras familias llegadas a la zona eran de origen español, entre los que se cuenta a Don Joaquín Pulido (quién muere en 1828). Para 1806 vivían en la zona Don José Policarpeo Zambrano, Don Juan Bautista Gómez, Don José María Roa, Don Cecilio Pérez, Don Isidro Gonzáles, Don Jacinto Ramírez, Don Rafael Ramírez, Don Thomas Pulido, Don Feliciano Pulido, Don Luis Antonio Moreno, Don Antonio Bernabé Vivas, Don José Florentino Pulido, Don Juan Andrés Sánchez, entre otros que figuran en el Libro Matriz de la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario en Queniquea. Señala Emilio Constantino Guerrero en su libro El Táchira físico, político e ilustrado (1905) que “las familias españolas que colonizaron el Táchira, fueron casi todas procedentes de Castilla la Nueva, de Asturias y las Provincias vascongadas (Pág. 70)”. A principios de 1800 estaba la disputa por el asentamiento eclesiástico entre el Río Bobo y Queniquea. Por este tiempo Venezuela esta en un proceso de cambios, a lo que señala Emilio Constantino Guerrero más adelante: “Durante los primeros años de la Guerra de la Independencia, muchas familias españolas que se vieron hostilizadas en La Grita, por las fuerzas revolucionarias, huyeron al fondo de las montañas del sur (Pág. 111)”. Estos lugares serán Caricuena, Río Bobo, Buena Vista y la Mesa de Queniquea.
Para 1601 comenta Lucas Castillo Lara (1973), el Juez Pedro de Sandes ordena que en el “Valle del Espíritu Santo, debía hacerse la iglesia en el Llano, pasando el río. A ella acudirían el pueblo de Queniquea de Gabriel de Anguieta y otros encomenderos… El Valle del Espíritu Santo, reunía las encomiendas del Capitán Anguieta, Pedro Álvarez de Castrillón, Diego Mexia, Francisco Cabrera de Sosa y María Ávila” (Pág. 156). Más adelante en el mismo texto se señala que para 1635 “No han podido cumplirse las órdenes del Visitador de poblar los pueblos de indios” (Pág. 161). El manuscrito de Peñaloza se contextualiza a finales del siglo XIX. Para esta época señala Ramón J. Velásquez (1993) en el libro Los Alemanes en el Táchira que en la década de 1860 a 1870 “el Táchira era comarca de pequeñas poblaciones y minúsculas aldeas de vida adormecida al amparo de las blancas iglesias, las más sanas y las más aptas para los cultivos coloniales preferidos, el trigo y la papa… en el Táchira de 1870 no había personas acaudaladas pero tampoco pobres”. Las tierras del Río Bobo funcionaron divididas en pequeñas fincas el mayor tiempo del siglo XIX, sólo es hasta 1883 que se instalan familias en comunidad para crear al pueblo San José de Bolívar, así lo señala el manuscrito de Peñaloza.
El manuscrito de José Saturnino Peñaloza permite alumbrar la oscuridad que reina en la fundación de nuestro poblado, y completa el cuadro de la historia que nos han dado José Lubín Pulido, Horacio Moreno, Lucas Castillo Lara, Luis Gilberto Santander, entre otros.